
Seguí en directo el día 13 la sesión plenaria de constitución del Ayuntamiento de Madrid tras las elecciones del 24 de mayo. Había expectación por un posible nuevo ‘tamayazo’ pero, afortunadamente, no hubo sorpresas y salió elegida como alcaldesa Manuela Carmena, de Ahora Madrid, con el apoyo adicional del PSOE. Ya los abucheos y vítores durante el escrutinio no entraban dentro de la normalidad institucional. Tampoco los atronadores “Sí se puede” al final del mismo. Pero los insultos y amenazas a concejales de Ciudadanos —entiendo que también los habría a los del Partido Popular— que tuvieron lugar tras la finalización del pleno, ya en la vía pública, merecen un análisis político.
Definirse como de centro no asegura que la extrema izquierda —tampoco la extrema derecha, hoy residual— te trate con respeto. El PSOE llama a Ciudadanos “derecha moderada”. Podemos, “el recambio”, cuando no “la marca blanca del PP”. No hace falta ser un politólogo profesional para entender que tanto izquierda como derecha son etiquetas ideológicas. Más o menos desgastadas, pero etiquetas. Sin embargo, “centro” no lo es. Normalmente, un partido se define de centro cuando no desea identificarse ideológicamente, apelando a valores como la moderación o la sensatez. Una vez en las instituciones, esto se traduce normalmente en un papel de bisagra, apoyando a fuerzas de derecha o izquierda clásicas en función de las circunstancias. Ese papel lo intentó jugar el CDS de Adolfo Suárez. Se suicidó tras aceptar la alcaldía de Madrid, habiendo sido el tercer partido más votado. De alguna forma, sin éxito, también lo ha intentado UPyD. Quizá se adelantó a su tiempo. Además, su democracia interna ha sido mucho menos ejemplar de lo que prometía Rosa Díez. Tiene un negro futuro.
Ciudadanos, nacido contra el nacionalismo catalán, ha tenido un gran resultado en las elecciones municipales y autonómicas. Es cierto que sensiblemente inferior al previsto en algunas encuestas. Pero, tras su entrada en marzo en el parlamento andaluz, haberlo hecho ahora en otras diez cámaras autonómicas y en numerosos ayuntamientos supone un importante hito. El apoyo a la investidura de Susana Díaz y el previsible a la de Cristina Cifuentes en Madrid traen consigo una visibilidad extra para Ciudadanos, que puso sobre la mesa una propuesta de adhesión en materia de regeneración antes de negociar aspectos económicos y sociales.
Aun siendo Ciudadanos la tercera fuerza política municipal en número de votos, un 6’5% de los mismos no es un porcentaje suficiente como para plantearse en las próximas elecciones generales objetivos irrealizables. Recientes encuestas postelectorales sitúan a PP y PSOE en el entorno del 27-30% y a Podemos y Ciudadanos en el del 10-13%. Es decir, quedan lejos aquellas otras que vaticinaban prácticamente un cuádruple empate. Es probable que los pactos del PSOE con Podemos o sus candidaturas afines arrastren a gran parte del electorado socialista hacia el voto útil representado por un polo claramente de izquierdas liderado por Podemos. En el caso del PP y de Ciudadanos, sin embargo, tenemos dos jugadores con estrategias que a priori pueden ser no sólo complementarias, sino también de sustitución. Me explico.
Ciudadanos, tras considerarse inicialmente transversal, se definió en su segundo congreso como de “centro izquierda no nacionalista”, lo que produjo un terremoto en el partido. Pero es cierto que, en sus primeros años de vida, ha ido minando principalmente la ambigua posición política con respecto al nacionalismo catalán del PSC, partido federado con el PSOE que sigue perdiendo cada vez más peso en Cataluña. Sin ir más lejos, en Barcelona ha sido claramente superado por Ciudadanos y, en las encuestas sobre las próximas elecciones catalanas, este último sería claramente la primera fuerza constitucionalista. Es decir, también superaría al propio Partido Popular, que en el Ayuntamiento de la Ciudad Condal ha obtenido además un pésimo resultado. Si esas previsiones pudieran ser extrapolables al ámbito nacional, alguien podría considerar que el futuro político próximo es sólo de Podemos y de Ciudadanos, lo que no es el caso.
¿Cómo debe entonces Ciudadanos enfrentarse al Partido Popular? Inicialmente es ganadora su propuesta de lucha contra la corrupción, un verdadero cáncer en el partido liderado por Mariano Rajoy. No obstante, es cierto que el incumplimiento por el PP de Madrid de alguno de los puntos firmados en materia de regeneración no posibilitaría que Ciudadanos pudiese, por ejemplo, plantear una moción de censura con garantías de éxito, dada la escasa posibilidad de entendimiento con PSOE y Podemos en la Comunidad. Pero la debilidad mayor de esa estrategia de simple apoyo a la investidura de Cifuentes reside en que Ciudadanos ha renunciado a participar en su gobierno, para así mantener las manos libres en las generales por si tuviera que apoyar —hipótesis, como queda dicho, muy improbable— a un PSOE que ganara las elecciones al Partido Popular.
Parece claro que, más tarde o más temprano, aparecerá una fuerza política a la derecha del PP. Una fuerza que esgrimirá el conocido discurso de que el PP actual es realmente socialdemócrata, lo que no deja de ser una simplificación más allá de su incumplimiento de bajar los impuestos o de que, en otras materias, se le haya acusado de practicar una política semejante a la del PSOE, llegándose a calificar la legislatura actual por unos pocos como la “tercera de Zapatero”. En mi opinión, el problema estructural del Partido Popular —al margen de su actual liderazgo o de la corrupción galopante en su seno— es su falta de sensibilidad con los millones de ciudadanos que han sufrido injustamente las consecuencias de una crisis económica que se ha llevado por delante a gran parte de las clases medias españolas y un legítimo horizonte de prosperidad en las generaciones más jóvenes.
Ahora bien, la sensibilidad social y la promesa de ser incorruptible —con los riesgos adicionales que esto conlleva— no son suficientes para tratar de alcanzar una mayoría de gobierno. Un partido regenerador como Ciudadanos debe ser impecable en su democracia interna, debe promover el mérito y no el clientelismo político. Debe, en resumen, ser capaz de atraer a ciudadanos y profesionales a un proyecto político del siglo XXI que ponga de verdad por delante la mejora de nuestra sociedad y de nuestras instituciones. Un proyecto que, más allá de etiquetas políticas simplificadoras, apueste por la creación de riqueza en un entorno empresarial verdaderamente competitivo y, por su sensibilidad social, tenga además la autoridad política y moral para defender al débil sin crear estructuras clientelares, fomentando que la movilidad social no sea un privilegio sino la forma natural de entender una sociedad desarrollada que quiera estar a la altura de los tiempos.
Ilustración basada en la foto original de Javier Barbancho / El Mundo