Una España Cainita. ¡De aquellos barros estos lodos!

¿Somos conscientes que la discusión política y la falta de acuerdos están causando muertes? ¿Tenemos políticos con la mínima moralidad exigible para no dar lugar a esta sangría?

Juan Carlos I firma la Constitución Española
Jesús de Dios Rodríguez
Por
— P U B L I C I D A D —

La política en España ha venido deteriorándose desde la transición, la decadencia de un sistema que podríamos afirmar nacido y heredado por el Franquismo. Un lapidario “El futuro de España está atado y bien atado”. No hay más que fijarse que desde su dictadura programó la continuidad histórica de los españoles, no en manos de otro dictador, sino en las de un Rey, Juan Carlos I, para lo cual y a través de un largo y bien trazado plan lo tuvo previsto con la educación del monarca desde su infancia.

Paradójicamente, Franco está en la democracia más de lo que a muchos detractores y desenterradores les cabría y les gustaría imaginar. De alguna manera, eso que hemos llamado tantas veces la Transición comenzó lentamente con Franco (a lo largo de casi cuarenta años), para cerrar su dilatado ciclo con Adolfo Suárez. Es la gran paradoja guardada en la dictadura que se transformó en democracia.

Pero el gran “éxito” de Franco para asegurar la paz en España tras su muerte, fue sin duda la creación de la clase media, una estrategia que haría fracasar cualquier intento de alterar el orden y evitar un nuevo enfrentamiento de la magnitud del que tuvimos en 1936. Estaba claro que el desarrollo económico e industrial de los años sesenta del siglo pasado fue el motor que supuso el nacimiento de la clase media, nacía una nueva generación de ciudadanos y familias que disfrutaban de una nueva vida acomodada y con un gran futuro, esa nueva clase media propició a través del modo acomodaticio de vida que conllevaba, la imposibilidad de tener más ganas de nuevas guerras.

La actitud popular en la última década de la dictadura, a la muerte del dictador y posteriormente en los primeros años de la transición fue totalmente bondadosa, agradecida y receptiva a todos los cambios que se le propusieron, demostrando una entrega total, tanto a la liquidación del régimen anterior como a los nuevos cambios que le planteaban las nuevas clases políticas de la época, esa sumisión y entrega sin condiciones pareciera más bien impropia de una sociedad resentida, castigada y represaliada como consecuencia de un sistema totalitario que había durado cuarenta años.

Quién nos iba a decir que después de una transición, que se calificó de ejemplar por el comportamiento y los acuerdos a los que llegaron los protagonistas que la llevaron adelante, pertenecientes fundamentalmente a los sectores políticos, militares y económicos tanto del régimen extinto como de los partidos de nueva creación y de los exiliados que regresaban en busca de un nuevo status y protagonismo político. Se construyó un proyecto de democracia que, por su contenido de modernidad, progresismo y libertad, fue admirada y reconocida mundialmente como una de las más avanzadas y progresistas.

Esa sólida obra maestra postdictadura, solo cuarenta años después se está resquebrajando gravemente, hace aguas, las inconcreciones y contradicciones de las que está haciendo gala están sirviendo y siendo motivo de un preocupante desencuentro social general, y curiosamente mayor en la mayoría de la clase política que la ha creado, dando muestra de una falta de responsabilidad alarmante.

Se reniega y se cuestiona la incorporación de partidos políticos que han sido registrados cumpliendo con la normativa legal exigida, ya en el panorama político, se ponen en duda acuerdos entre partidos por su encontrada condición ideológica, se ha acusado al gobierno de ilegitimo demostrando con tal acusación una ignorancia y desconocimiento de las reglas democráticas y constitucionales, se ha calificado al Gobierno de traición por el apoyo que ha recibido de partidos legalizados y con representación parlamentaria, legalmente reconocidos por la Constitución, se pone en cuestión a los partidos nacionalistas a los que se les niega el pan y la sal de un sistema en el que desde la transición fueron reconocidos y aupados por todos los partidos que han gobernado (UCD, PSOE, PP), y con el beneplácito de la sociedad española en general, partidos a los que desde el inicio del proyecto democrático se les ha llenado de parabienes y les han ido generosamente cediendo competencias de gran importancia como: educación, cultura, sanidad, fuerzas de seguridad, hacienda y una interminable lista de concesiones de todo tipo. ¿Quizás éramos desconocedores de lo que supondría todo este embrollo? ¿Acaso desconocíamos que tipo de cultura del odio nacionalista independentista se estaba impartiendo en los colegios de Cataluña y país vasco hacia el resto de los españoles?

Nos pueden gustar o no ciertas ideologías, pero no cabe duda de que todos, y digo ¡TODOS! aceptamos las reglas que se pusieron en las urnas y a las que con nuestro voto les dimos nuestro apoyo colectivo, es lo que tenemos porque así lo hemos querido y de lo que hemos presumido.

Tanto la UCD como especialmente PSOE y PP, con su generosa contribución han sido los máximos responsables de la instalación, el avance y la radicalización independentista a cambio del apoyo de estos para llevar a cabo sus intereses políticos, anteponiéndolos a los intereses generales de España y los españoles, y así, de esa forma poder gobernar holgadamente; también sea dicho de paso, no eximamos de responsabilidad a la sociedad española de haber contribuido por dejación y pasividad en esta cuestión. ¡Todos somos culpables de alguna manera de la situación generada!

Los que nos creímos que era un proyecto sólido y de largo recorrido, a pesar de haber supuesto uno de los periodos más largos de paz y prosperidad en la historia de España, no ha tenido la suficiente enjundia para solidificar un sistema con las suficientes garantías de futuro, lamentablemente ya ha comenzado a despertar viejos fantasmas del pasado que están trasmitiendo una gran preocupación en la mayoría de la ciudadanía. Esto no lo esperábamos los españoles cuando votamos masivamente la Constitución el año 1978, estamos viviendo una falsa democracia, mantenida interesadamente por los políticos a través de estos años, abusando de la ignorancia y la pasividad de la mayoría de los ciudadanos.

Los mediocres, los necios y las ideologías contribuyen poderosamente día a día a incrementar sus fobias y fomentar la estupidez, crean compartimentos de los que no se puede salir, que nos impiden pensar, discurrir, dudar y razonar. Los inteligentes tienen ideas, cambian de ideas, incluso argumentan porque cambian de criterio.

Ha llegado el momento de aceptar, de asumir la responsabilidad de los errores cometidos, esa infantil actitud de ignorancia preguntándonos sorprendidos. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? “Esta situación” amigos, no nos engañemos, la hemos creado nosotros, “Esta situación” es consecuencia de esa participación, activa o pasiva, de la que hemos presumido durante largos años, haciéndonos descaradamente agentes activos de la misma, hemos querido ser partícipes del proyecto democrático dejándonos llevar alegremente, hemos sacado pecho por ser los protagonistas de ese moderno, progresista y ejemplar modelo de democracia digno de admiración. Creo ha llegado el momento de asumir errores y utilizando el sentido común, reflexionar ¡Como hemos dado lugar a esta situación!

Estamos en una situación donde el auge de los mediocres, de los necios se ha convertido en un problema difícil de revertir, para poder avanzar habría que desandar el camino torcido, volviendo a hincar los codos para aprender y a abrir los ojos para ver, y no solo mirar. La trivialización de la educación y la desinformación han contribuido a esta situación de una forma alarmante. Estamos instalados en una sociedad de tuits y titulares. De zascas y gritos en el debate entre la mentira y la verdad que a cada parte le interesa trasmitir y propagar. cada vez son más llamativos los mensajes, los eslóganes, las fake news que buscan más adoctrinar que informar.

La estupidez no conoce límites, solo cabe combatirla por muy desigual que resulte la lucha y por mucho que nos resulte incomodo, hay que luchar contra ella sin tregua alguna, es preciso plantarle cara decididamente para evitar males mayores.

No podemos permitir que la cruel etapa que superaron admirablemente nuestros mayores con una admirable generosidad en beneficio nuestro, ahora, casi un siglo después, los necios, los irresponsables, los egoístas y ambiciosos, nos vuelvan a enfrentar y llevar a la destrucción nuevamente. Es hora de reflexionar y de superar de una vez por todas ese infundado odio cainita a lo ajeno que parece nos domina en lo más profundo de nuestra mente.

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