Escuchaba a algunos tertulianos, estos días, quejarse de la profunda fractura que todo el proceso de regreso al sentido común ha provocado en el PSOE, desde la defenestración del Gran Turista, hasta la decisión de abstenerse en la investidura de Rajoy el fin de semana que viene. Y lo cierto es que el sector mayoritario socialista, los 139 que optaron por desbloquear el gobierno de España, han adolecido, ciertamente, de la más mínima pedagogía política para tener ahora a la militancia revolucionada y el partido en quiebra.
Porque no han explicado que la abstención que escenificarán a la candidatura de Rajoy (técnica o no, con once diputados encerrados en el baño, o en un Fuenteovejuna coral que no se va a producir), no tiene nada que ver con facilitar el gobierno del PP. Ni siquiera, como aluden algunos, a la razón de Estado. Qué va, es mucho más simple: se abstienen porque lo que de verdad les horrorizaba, lo que los empujaría un paso más allá del borde del abismo en que les colocó la cerrazón y sinrazón de Pedro Sánchez, era tener que acudir, dentro de mes y medio, a una convocatoria electoral.
Sin candidato (o con uno cuya designación desangraría aún más al partido), sin programa (vampirizado el suyo por C’s y Podemos, ¡y hasta por el PP!, cuyo acuerdo con los de Rivera recogía buena parte del pacto de estos con Sánchez), divididos internamente tras sus últimos Comités Federales —nunca agradeceremos lo suficiente a La Sexta habernos retransmitido en directo su suicidio—, el PSOE estaba abocado a quedar como cuarta fuerza política, con apenas sesenta diputados, si no menos.
Esa y no otra ha sido la razón de quienes han derrocado a Sánchez y van a propiciar la elección de Rajoy. Ahora deberán ponderar qué oposición realizan porque, evitadas estas elecciones, queda el espinoso tema de la gobernabilidad. Porque de constatarse que el Gobierno no es viable, por el concurso de patadas a España en el culo de Rajoy que ahora se proponen, en el plazo de ocho meses podríamos estar de nuevo ante las urnas. Y el PSOE necesita más tiempo para reconstruirse.
Mientras, ya dicen quienes no tienen ni idea, que tendremos nuevo Gobierno el domingo por la tarde, que creo yo que será el lunes. Un Gobierno nominal porque, dadas las circunstancias, las decisiones van a residir en el Congreso, donde habrá que dialogar, negociar, pactar. Eso que es, en definitiva, hacer política. Y ya veremos si hay pedagogía, voluntad y capacidad, y cuánto dura la fiesta.
Desde luego Rajoy lo dejó claro: «quiere un gobierno para gobernar, no para ser gobernado». Eso, junto con las afirmaciones de que seguirá haciendo las cosas que hacía antes y que «diálogo sí, pero sin pasarse», muestra la «renovación» del PP cuando ya tenían amarrados los compromisos de Ciudadanos y el PP. No se vislumbra nada nuevo en el horizonte porque, incluso de los compromisos ya firmados dijo que «hablarían de ello….»