
“París es mi ciudad” es una frase que, probablemente, hayan pronunciado millones de ciudadanos del mundo y que define rotundamente la identificación de esas personas con una ciudad especial, a la que se ha adjetivado sobre todo por ese halo romántico que siempre ha desprendido. Una luz que procede de ese faro cultural atractivo que ha sido la capital francesa y que hoy, por tristes y dolorosas circunstancias, se ha convertido en la “capital del mundo” golpeada por ese fanatismo ignorante del terrorismo suicida.
Ya me he referido en otras ocasiones a esa difusa y confusa amalgama de gentes que, al parecer, bajo el sueño de una recuperación de supuestas esencias, donde se mezcla el dogmatismo islámico mal entendido y los muchos y graves errores cometidos por intereses políticos, hegemónicos y económicos desde el final del la última guerra, vienen alimentando un permanente conflicto de tensiones en Oriente Medio haciendo de la zona un verdadero polvorín con estallidos intermitentes de diferente intensidad.
Una gran cultura —como la islámica— escindida en grupos y tribus con distinta identidad étnica, fue degradándose con la pérdida del poder y la influencia de otras culturas, impuestas en muchos casos y asimiladas en otros, hasta llevar a un único elemento común: la religión musulmana interpretada —como en el caso de la religión cristiana— de diversas formas, lo que ha sido hábilmente utilizado por quienes han pretendido imponer sus intereses geoestratégicos en la zona. De esta forma, lo que fue por muchos años convivencia y respeto mutuos, se fue transformando en odios, recelos y confrontaciones. Sólo hacía falta poner en sus manos armas mortíferas para que las situaciones llevaran a la tragedia.
Si a esto añadimos la desesperación o falta de esperanzas en el porvenir de muchas de estas personas, se habrá logrado cuadrar el círculo y creado el caldo de cultivo para la aparición de un fenómeno que tratamos de entender desde esquemas preconcebidos en la mente occidental con respecto al mundo oriental, sin darnos cuenta de que los hemos estado incubando, apoyando y fortaleciendo desde nuestros parámetros más prácticos.
El hecho de que unas personas puedan -estimulados por perspectivas personales degeneradas o por pura desesperación- hacer una matanza de civiles inocentes, es una cosa. Otra muy distinta es el lavado de cerebros que se aprovecha de su ignorancia, para generar odio y violencia en nombre de una religión, una ideología o una política. Los métodos de entrenamiento en unos lugares y otros son idénticos y las armas que se ponen en sus manos responden a los mismos mecanismos mortíferos.
Ahora, se dice, estamos ante una situación nueva enfocada básicamente a un terrorismo cuyo objetivo es destruir nuestra “civilizada” vida en occidente. ¿Estamos ante gentes que son demasiado ingenuas para creer que pueden (a estas alturas) enfrentarse a un conflicto totalmente asimétrico y desproporcionado o que se limitan a hacer daño —en la medida de su escaso potencial bélico— con atentados puntuales? ¿Hay una reciprocidad de recelos y odios soterrados entre los dogmatismos de un bando y del otro o éstos han sido azuzados convenientemente por intereses bastardos? ¿Porqué se los ha adiestrado, financiado y preparado para combatir y morir, cuando eran simples campesinos más preocupados de la supervivencia doméstica y familiar? ¿Quienes son responsables de -según convenga- convertirlos en mártires o en verdugos?
La propaganda, ese arma tan sutil que conocemos directamente, manejada desde unos centros de poder enmascarados, nos proporciona lecturas muy diferentes: Sadam Hussein, mientras servía para enfrentarse a Irán, era un fiel aliado, pero cuando las “políticas” empezaron a cambiar, se convirtió en la bestia negra a abatir; Noriega en Panamá era el amigo que guardaba intereses para luego ser buscado y masacrado por quienes lo apoyaron; los talibanes afganos con el tan conocido Bin Laden a su cabeza, fueron útiles y por ello se los entrenó, financió y aprovisionó para luchar contra los soviéticos en su día, luego con el final de la Guerra Fría y la distensión, se convirtieron en aliados incómodos; Bashar al Assad y sus “armas químicas”, por el contrario, pasó de ser el enemigo al que se le combatía internamente con unos rebeldes apoyados externamente a ser una “aliado” al que hay que apoyar para exterminarlos; en su día Gadafi era recibido y agasajado en el mundo occidental hasta que se dictaminó su caída… etc, etc.
Basta esa pequeña muestra para darnos cuenta de que el problema terrorista es muy complejo y las soluciones posibles son igualmente complejas. En todos los casos el elemento principal es la personalidad del ejecutor y sus diferentes circunstancias; el factor que lleva a una persona a pasar de la “normalidad” al odio o al resentimiento tan profundo como para matar inocentes, no es cuestión baladí y en él están las raíces en las que profundizar para su erradicación. Otra cuestión a considerar es la utilización de la desesperación o la ignorancia de las gentes para sembrar en ellas la idea de supuesto martirio. Otra es “la mano que mece la cuna” de los conflictos como instigador responsable y, por extensión, supuesto beneficiario de sus consecuencias.
“Detener la guerra” era una de las muchas frases que los aterrados parisinos han depositado como ofrendas en los lugares de los atentados. Son muchos los que no creen ya en explicaciones simples y detectan cual puede ser el origen de estos bárbaros sucesos. Francia, cuna de los valores de la libertad y la solidaridad, ha tenido una trágica respuesta a su intervención en el conflicto de Siria, como han señalado algunos vídeos reivindicativos difundidos en estos días. En su momento, España sufrió en sus carnes la intervención en Irak de la mano de EE.UU y el Reino Unido que, a su vez, crearon el mito de las “armas de destrucción masiva” como excusa. Francia hoy está de luto y nosotros con ellos. París ha amanecido triste como esos días grises en los que se adueñan de sus calles la lluvia y el viento barriendo la luz rosada que la idealiza. Pero, no nos olvidemos, casi todos los días, en un mundo que ha hecho de la violencia una de sus señas de identidad, mueren por unas causas u otras (que se podrían evitar) demasiados inocentes. Ahora, cuando se ha provocado el éxodo masivo de poblaciones a causa de la guerra, ponemos barreras “civilizadas” de espinos que los rechazan y preferimos pagar a otros para evitar que lleguen a Europa.