La obscenidad que oculta el discurso independentista

Junts pel Sí
Abel Cádiz
Por
— P U B L I C I D A D —

En el actual debate que provoca la convocatoria del 27-S, dada la inquietante amenaza de declaración independentista si triunfa la coalición Junts pel Sí, se apela a la cordura con argumentos que se enmarcan en lo políticamente correcto, es decir, tratando de no herir moralmente a quienes vienen intentando ignorar las leyes en las que se sustenta la convivencia social y decidir sobre lo que afecta a todos los españoles, negándonos el derecho a participar en esa decisión. Recientemente argüía yo ante un moderado catalán que mi sentimiento por mi país, España, incluye los rasgos diferenciadores entre sus partes, uno de ellos era mi sincera admiración por Cataluña. Resulta empero que soy castellano-manchego. ¿Me quita tal condición el derecho a querer a Cataluña como parte esencial de España, por cuanto sin ella tanto España como Cataluña dejan de ser lo que son?

Desde el oportuno llamamiento “A LOS CATALANES” que un reaparecido Felipe González ha publicado en El País, a los brillantes análisis de Savater, Santos Julia, Miguel Ángel Aguilar y otros de diverso signo, incluyendo el desmontaje de la gran mentira España nos roba con el dato incontestable de los números (Véase “Las cuentas y los cuentos de la independencia” de Josep Borrell y Joan Llorach) ninguno ha hecho una mínima mención a la miserable y obscena motivación que los políticos independentistas han logrado inocular en el inconsciente colectivo de sus fieles: seriamos más ricos si fuéramos independientes, no tendríamos que dar nada a nadie, la desigualdad se establecería a nuestro favor (pues sabido es que nadie quiere igualarse con los de más abajo). Seríamos, en fin, el país de Jauja. Naturalmente el envolvente tiene matices menos burdos: que si no respetan nuestra identidad, que si no nos comprenden. El Director de El Mundo, David Jiménez, denuncia la falacia que pretende el tándem Mas&Junqueras, con su juego de patriotas, para convencernos de que no hay otra solución entre Cataluña y España que la ruptura. Esto nos hace recordar la advertencia del clásico ¡cuánto canalla se ha escondido detrás de la palabra Patria!

Comprendo el miedo que percibo en muchos catalanes

Seguramente será escaso el efecto que, sobre los votantes independentistas, tiene la corrupción, otra vez investigada por un Juez independiente (y no por el Gobierno como Mas lamenta en su plan victimista de siempre) sobre el ya famoso 3% de mordida obligada para cualquier empresa que trabajase bajo la influencia del Partido. Lo denunció abiertamente Maragall en sesión parlamentaria y prefirió recoger velas ante la ira de la poderosa CIU de entonces. Sorprende que los catalanes que van a votar por una independencia gestionada por estas élites políticas no piensen en ello. Miren, por ejemplo lo que ocurre hoy en Guatemala y el esfuerzo inmenso de aquel pueblo por quitarse del medio a un gobierno mafioso. Comprendo el miedo que percibo en muchos catalanes. Si yo estuviera en su lugar el 27-S pensaría que si hay algo peor que salir de España y de Europa es tener que sufrir un Gobierno como el que resultaría de la lista Junts pel Sí.

También sabemos por Hannah Arendt, la que nos deslumbró con su análisis de la banalidad del mal estudiando el comportamiento de los nazis, que los hechos y las opiniones no deben confundirse; pero muchas opiniones se inspiran en valores distintos, a veces contrapuestos, frecuentemente apasionados. Aceptemos, pues, que las interpretaciones de un hecho sean legítimamente diferentes pero lo esencial, al menos, es que respeten la verdad y el independentismo la falsea en todos los aspectos. Solo se sustenta en lo emocional a base de construir un mito para el que se han invertido recursos económicos cuantiosos que podrían haber tenido mejor destino. O es que ha sido gratuito el plan sistematizado que ha conjuntado las actuaciones de los medios subvencionados, la radio y la televisión sostenida con los impuestos, los libros editados… Todo ello hasta culminar con el artificial montaje de la leyenda España contra Cataluña. En definitiva, lo que Hanna Arendt nos dejó escrito en Los orígenes del totalitarismo se repite: para el independentismo no importa la verdad. Tal vez porque las élites políticas que vienen construyendo este falso relato, son conscientes de la manipulación que con éxito han logrado sobre su grey, lo que más les ha dolido del artículo de Felipe González es una alusión bien ligera por cierto a lo que ocurrió en Alemania e Italia pocos años antes de la Guerra Mundial con los totalitarismos. Lo que eso muestra es que el presidente más veces votado de nuestra democracia ha dado en la diana.

Lo que mueve a Convergencia y a Ezquerra es una lucha por la supremacía

Pero con todo lo dicho y escrito, nadie alude a la trastienda que esconde el discurso independentista; ni los partidos del sistema, siempre prestos a no airear ciertas vergüenzas, ni los nuevos redentores sociales de Podemos que tan trabajosamente han logrado romper el statu quo de la cómoda alternancia bipartidista. Precisemos el significado al calificar como obsceno lo que ofende al pudor, en este caso social. Eso es lo que hay que desenmascarar de la moral de las élites políticas independentistas pues, como nos enseñó Norberto Bobbio, lo que mueve a Convergencia y a Ezquerra es una lucha por la supremacía que lograría su fin último cuando alcanzan un grado superior en el poder. En su hoja de ruta, el lenguaje es la herramienta fundamental y han elegido cuidadosamente las palabras: nuestra identidad, nuestra cultura, nuestras diferencias y, como colofón subliminal: nuestra excepcional desigualdad respecto a los que sí son iguales en otra escala inferior. El planteamiento ni siquiera es original conceptualmente pues está representado ideológicamente en la visión russoniana (búsqueda del ideal igualitario) frente al no igualitario que alumbró Nietzsche y alimentó la época prefascista a la que sutilmente se refirió Felipe González con el cabreo consiguiente de los políticos independentistas. Cabe un último apunte lamentando la considerable tibieza con la que la izquierda española y los emergentes más radicales de su espectro ideológico asisten a la oculta obscenidad social del discurso independentista. Únicamente un Alfonso Guerra que ha querido recordar lo que fue, lanza un dardo que apunta bien: es la burguesía catalana más egoísta la que se refocila con la idea independentista.

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