
Como si de un nuevo producto de consumo se tratara, surge en paralelo a la llamada “memoria histórica” un nuevo “slogan” publicitario transmutado, en esta ocasión de “histórica” a “democrática”. Al fin y al cabo, la propaganda aguanta lo que haga falta. Igual ocurrió con el “calentamiento global” que ahora es “cambio climático” (que provocaría la desaparición por inundación de Nueva York en el año 2010).
Pues bien, en el anteproyecto de ley de “memoria democrática” la intención inicial es ungir el texto con el calificativo tan manoseado de “democrática” (a más calificativo menos realidad). Su fin es influir en la opinión y el pensamiento de los españoles para dar una visión particular, sesgada e interesada de nuestra historia reciente. Es decir, acotar el espacio histórico a lo que nos interesa: destacar lo malos y malvados que eran unos y lo buenos que eran otros.
No se han dado cuenta que sería mejor no escarbar desde el sectarismo en las heridas ya cerradas para la mayor parte de la población, so pena de que interese removerlas con fines criminales y partidarios. Por ejemplo, en el período histórico que se pretende acotar, no pueden obviarse los antecedentes republicanos y el papel que el Partido Socialista Obrero Español tuvo contra el gobierno legítimo en alianza con el Partido Comunista, obligando al gobierno existente a desmoronarse y huir al extranjero. Las matanzas indiscriminadas de civiles, las fosas comunes y las “checas”, fueron una marca sangrienta y criminal donde desembocaron odios exacerbados por una propaganda siniestra.
Si nos atenemos a los términos, ni la memoria “histórica” de la ley en vigor se atiene a la realidad de los hechos constatados, ni la nueva memoria es democrática. La democracia está sostenida por las múltiples memorias de los ciudadanos, con la consiguiente carga de subjetividad que cada uno aporte. En unos casos se respetarán estudios rigurosos historiográficos, en otros se retorcerán los datos históricos en beneficio de ideologías e intereses, pero en todos ellos hay una cuestión que debe predominar: la honradez de la objetividad de los hechos comprobados expuestos tal cual. Después que cada uno saque sus propias conclusiones.
Detrás de este proyecto legal hay todo un fraude jurídico que choca con las más elementales normas del Derecho y, por supuesto, de la propia Constitución, pues vulnera los derechos fundamentales de los ciudadanos: el pensamiento, la opinión y la disensión, para dictar (de “dictadura”) lo que se debe pensar, decir, hacer y hasta leer, comer, vestir… Bradbury (Farenheit,451) y Orwell (1984) en estado puro saliendo de la literatura, para instalarse en la realidad del pensamiento único, de la policía del pensamiento, de la censura salvaje y de la persecución del disidente. Una ley no es legítima por el mero hecho de enunciarse así, sino porque contiene un consenso social claro y preciso sobre cuestiones comunes, aplicables a todos por igual.
Ya nos hemos referido a la necesidad de esconder la intencionalidad tras la palabra “democrática” que nada tiene que ver con la memoria de cada cual. ¿Se refiere a que la ley sólo recogerá la memoria de los elegidos obviando la memoria de los demás? Si se trata de conocer en profundidad mucho más de la Historia de España, tenemos prestigiosas academias y académicos, legiones de doctorandos (de verdad) que se han mirado hasta el último documento o han encontrado el testimonio más escondido para buscar la verdad de los acontecimientos. No sólo de la Historia sino de la Prehistoria. Hay bibliotecas enteras de tesis, de ensayos, de estudios rigurosos del pasado donde se ven, se analizan, se exprimen millones de datos que buscan conocer más. Eso es Ciencia Histórica, lo que se pretende es una burda manipulación torcida de la misma.
La Historia es algo más serio que los relatos surgidos de personas contaminadas por ideologías. Necesita pruebas y documentos auténticos (no falseados o sesgados), necesita historiadores éticos y honestos que puedan ir incluso contra sus propias creencias o convicciones, ante la claridad de los hechos. Necesita estudiosos que no se vendan, que no quieran torcer los caminos de la investigación científica y sean capaces de poner negro sobre blanco los resultados de sus trabajos. Sin sectarismo, con objetividad y sin leyes cargadas de subjetividad o de ignorancia.
Por su parte, la memoria es mejor dejarla destilar a través de cada conciencia y a través del tiempo. Que cada cual decida lo que quiere mantener vivo y lo que prefiere olvidar, desde el bálsamo del tiempo transcurrido en cada caso. Agitar fantasmas del pasado no suele tener buenas consecuencias porque los fantasmas prefieren descansar, no ser removidos en sus odios y en sus peleas. También ellos supieron en sus últimos momentos donde acertaban y donde se equivocaban y que la muerte del otro era al final su propia muerte.
La última cuestión es la iconoclastia surgida de la ignorancia y de esos odios removidos que pretenden borrar los testimonios monumentales comunes. El caso de la cruz del Valle de los Caídos y su posible demolición, es otro de los grandes disparates de las nuevas ideologías surgidas de los poderes salvajes. Borrar la Historia y sus testimonios nunca será posible porque el mismo hecho de borrar ya es un hecho histórico (negativo). La Cruz de los Caídos no abraza a unos y rechaza a otros, sino que es un símbolo de unión de todos los que allí yacen a sus pies y una advertencia de lo que nunca debe volver a ocurrir: la manipulación interesada de los españoles para que se odien entre sí hasta llegar a la confrontación social.