[Sobre el independentismo catalán se ha escrito casi todo y por brillantes plumas. Los análisis han profundizado en las causas de esta perversa deriva que no solo afecta a la esencia y ser de España, sino al modelo de convivencia iniciado con la Constitución del 78 que va para cuarenta años de desarrollo democrático, un periodo inédito en nuestra historia. Sin embargo, la pléyade de autores que han abordado el tema han pasado por alto uno de los aspectos más lacerantes para el resto de españoles que amamos Cataluña, porque nos consideramos tan unidos a ella como quienes la habitan por una u otra razón. Nadie ha cuestionado que Romeva, un nacido en Madrid que ha encabezado la gran operación secesionista, catalán por residencia en Barcelona, pueda mantener su discurso, pero pocos han sabido reivindicar las poderosas razones que a otros nos asisten. Pues bien, el trabajo que publicamos cubre perfectamente ese vacío.]
Un artículo de Juan Claudio de Ramón
Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra? » Viene esto a cuenta de la situación en que nos encontramos mucha gente patriota (de la patria de Machado) que “se hace constantemente y se conserva por la cultura y el trabajo”. Gente que estamos abiertos a mejoras, a renovar el espíritu de consenso, concordia e integración que supuso la Constitución de 1978. Gente que creíamos definitivo el entierro de las dos Españas. Gente que casi podríamos ser terceristas, capaces de comprender que las cosas tienen que adaptarse y que nada está definitivamente escrito en piedra. No tenemos que acreditar nuestro amor a Cataluña porque además de ser parte de nuestro amor a España, en ella hemos vivido, trabajado, amado su cultura y lengua y estamos en ella arraigados por estrechos lazos afectivos y familiares. Entiendo que nuestra constitución no definió nuestra nación como única indivisible, cerrada y permanente pero sí que fue muy restrictiva ante cualquier modificación de nuestra esencia de siglos. Y viene a cuenta este comienzo del primer discurso de las Catilinarias por el qué Marco Tulio Cicerón denunciaba ante el senado un intento de golpe de estado de Catilina contra la república de Roma el párrafo con el que continua: « quamdiu etiam furor iste tuus nos eludet? quem ad finem sese effrenata iactabit audacia ? »
Hasta cuándo va a durar esto, mi justa indignación es indescriptible. Es que tenemos que permanecer atónitos ante un intento de golpe de estado, de eliminar nuestras libertades, de insultos y falsedades sin fin, de energías disipadas de tan importantísima parte de España, hoy en grave fractura social. Es que nuestras leyes no valen, es que no nos pueden defender. Tenemos que batirnos otra vez, lo hizo la generación de la transición, en la defensa de nuestra libertad en la defensa de nuestra nación. Nos están diciendo y en eso si hay parecidos con la Europa de los 20 y de los 30: Yo tengo la calle y los medios; Yo coacciono, Yo estoy organizado monolíticamente y ustedes no. Y porque me da la gana, con los votos de una ley electoral que se hizo para mí me apodero del poder y nada será igual. Cambiaré las reglas, ignoraré a la otra mitad de los catalanes y mucho más al resto de los españoles. Y por supuesto si durante cinco minutos tuviese 1 voto o un diputado más con esa legitimidad me cargo 700 años de historia común.
Pues No. Y mi desazón aumenta cuando creo que nuestras leyes son justas y adecuadas y se podían haber esgrimido y utilizado para defendernos del atropello y que quienes debían de haberlo hecho antes y después del supuesto referéndum del 9 de noviembre han hecho dejación de funciones y actuaciones por incompetencia, abulia o cobardía moral. Sufro cada vez que desde un espectro del espacio político se repite machaconamente; mientras esté este gobierno “se cumplirán las leyes” – cuando es evidente que el independentismo catalán no las cumple y más gente – o ” mientras yo sea presidente del gobierno no habrá secesión”. En vez de tejer alianzas y complicidades para formar un bloque con todos los partidos del espectro constitucional que sería amplísimamente mayoritario; pues no aquí sólo vale el “yo o el caos”. Y también cuando a estas horas “mangas verdes” se traslada la defensa de la legalidad constitucional al tribunal constitucional en una ampliación de sus funciones sancionadoras que si era buena viene podía haberse propuesto con anterioridad.
Todo ha sido un disparate en la “cuestión catalana” en su actual manifestación. El tratamiento del problema como una tradicional negociación con las elites catalanas, la pugna por situarnos al borde del precipicio, el abandono de la acción política en Cataluña, incluyendo en ese abandono a la filial catalana del partido en el gobierno, el tratar a los demás partidos constitucionales mas casi como enemigos que como rivales y nunca como aliados. Una política de no confrontación, de bonhomía y refugio en la literalidad de nuestras leyes. Argumentos del tipo: Fíjense ustedes que pena que esto que me piden no se lo puedo dar. Reconvenciones morales sobre la conveniencia de la secesión: A ustedes les irá mal, saldrán del euro, de Europa, no tendrán pensiones, se empobrecerán etc. Y en definitiva admitiendo la hipótesis de la secesión unilateral. No dar alternativas, no disipar energía, no haber abierto el debate constitucional donde se debe de hacer en, la comisión constitucional del Congreso. Si todos los partidos menos uno piden abrir el debate constitucional, este se abre. Y además se sigue manteniendo la ficción de que el gobierno de la generalidad catalana está manteniendo un escrupuloso respeto a la legalidad constitucional; vamos que el único problema jurídico que se ha presentado en el “proceso” es un pequeño delito de desobediencia de tres personas. ¿Y el juramento de “guardar y hacer guardar la constitución” donde está?
Sigo en mi opinión de que tenemos unas leyes que debieran poder perseguir la prevaricación, la malversación y no tengo formación jurídica para saber cómo se llama ahora la “alta traición” o golpismo. Bien está y en eso se ha sido ejemplar el no caer en las provocaciones del nacionalismo catalán y no entrar en guerras dialécticas sin sentido pero no creo que se pueda continuar manteniendo la ficción que el gobierno de la autonomía catalana está, hasta ahora se suele decir, manteniendo una escrupulosa actitud constitucional, también se dice lealtad institucional. Todavía asistimos a la audacia, más bien osadía, de que un muy buen periodista catalán casi le saca al ex presidente de gobierno Felipe González una manifestación de que “hasta ahora” el comportamiento de la Generalidad de Cataluña habías sido irreprochable en términos jurídicos. El mismo periodista se indigna cuando se define como sedicioso el comportamiento de la Generalidad de Cataluña.
Un militar o funcionario con mando en cualquier cosa del que se le sospechase un pensamiento no acorde a ley seria rápidamente puesto en situación de no hacer ese daño. A un general ´de división se le quitaría su división, a un inspector jefe de hacienda su jefatura y así sucesivamente. Algo habrá que hacer actuando siempre dentro de la máxima prudencia y de acuerdo con la ley y el gran principio del sentido común que es no causar con medidas preventivas males mayores que los que se quieren prevenir. Pero visto lo visto me parece que a lo que estamos ahora es a evitar el “mal mayor”. Dicho esto, estoy a favor de la negociación si es posible, del diálogo, de la oferta de un marco institucional que sea mejor, que mejore nuestro armazón constitucional. Y si no fuera posible que se defienda la ley justa votada por todos, nuestra constitución con todo el prudente peso de la ley. Y esa es la delgada línea roja.
La “delgada línea roja”, the thin red line” es una expresión inglesa para indicar a cualquier unidad militar, corta en efectivos y extendida en su zona de actuación, que aguanta firme frente a ataques intensos de gente hostil y poco civilizada, en definitiva, que no respeta las normas. También se emplea para referirse a los limitados medios que las fuerzas armadas o de orden público de un país pueden presentar a quienes atentan contra la integridad territorial o las libertades públicas de una nación. En el mundo sajón la expresión surgió de una batalla de la guerra de Crimea donde una línea roja del 93rd de infantería escocesa aguantó, en la batalla de Balaklava, las repetidas cargas que la caballería rusa les hizo. Y por ello fueron acreedores a la mayor cosecha de cruces victoria de la historia del imperio británico y, por supuesto, a las glosas de los poetas laureados británicos, entre ellos de Kypling. Hollywood recogió la expresión en el título de una película sobre la batalla de Guadalcanal y también hace referencia a las “delgadas formaciones en línea roja” que Wellington presentaba frente a las columnas de ataque napoleónicas en la guerra peninsular y en Waterloo. En definitiva gente con disciplina y bregada que acaban ganando la jornada.
Y en España algo sabemos de esto. Nuestra delgada línea verde, nuestra Guardia Civil aguantó la línea, el frente de lucha en defensa de nuestras libertades en larguísimos años de terrible lucha contra el terrorismo en el País Vasco. Esa línea ganó la guerra. Bien está el que no se hable de lo obvio pero la última garantía del cumplimiento de nuestras leyes en nuestro país y en cualquier otro está en esa delgada línea verde que también está para protegernos de cualquier intento de golpe de estado. En estos meses hemos creado un buen “corpus doctrinal” sobre la secesión catalana. Hemos aprendido y teorizado sobre el “derecho a decidir” que se ejerce según las leyes. Sobre el “derecho a la autodeterminación”, cuando es de aplicación y no es el caso. Sobre las consecuencias económicas y afectivas y nos hemos ratificado en la vigencia y bondad de nuestras leyes. Las manifestaciones sobre su reforma no afectan a la esencia de lo que se está atacando. Una última afirmación para los aquellos que se deslizan por el no se puede retener al que no quiere quedarse; Si, si se quiere llevar algo tuyo. O los que dicen; están muy decididos, es una nueva religión, no se les puede convencer. Si, Se les deberá de convencer porque yo también estoy muy decidido, a favor de mi patria, a favor de la ley y a favor de la concordia y en contra de cualquier golpe de estado. Y en eso estamos muchos, muchísimos, una grandísima mayoría que no nos vamos a dejar quitar nuestras libertades ni nuestra historia porque —recordando la frase que se pronunció por un hombre justo de la transición— fuera de la Constitución no hay más que barbarie.
Jurar «guardar y hacer guardar la Constitución» es la frase clave no sólo en esta cuestión sino en muchas otras. Si se hubiera hecho así, la mitad de las leyes y normas de todo tipo impuestas desde el interés partidario, la arbitrariedad y el capricho no habrían tenido recorrido. Me pregunto dónde están los altos cuerpos de las AA.PP. o el propio TC para que tengamos lo que tenemos. Un saludo.