
Aunque abundan los análisis sobre la figura de Juan Carlos I como rey de España, es difícil encontrarlos sin los intereses que han surgido en torno a su condición real. Por eso es oportuno entrar en lo que representa sin los estereotipos que se han creado sobre él. Por afán de justicia. Y por un interés nacional que no se reduce a la jefatura del Estado y La Corona, sino a algo más: lo que representa para la historia y el futuro de España Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias al margen de las noticias sobre sus obligaciones fiscales, fortuna o amistades.
El rey Juan Carlos I, apartado de la Jefatura del Estado y de los oropeles del poder, está solo. Es cierto que la soledad es una característica real. El rey, emérito o no, está solo como todo el que asume la obligación, pasada, presente o futura de usar la autoridad. En la milicia, hay unos axiomas que tienen su origen y fundamento en el uso del mando cuando hay conflictos, pero también son aplicables en épocas de paz: la autoridad termina en punta, se ejerce siempre y ni se esconde ni disimula. Pero la soledad del rey Juan Carlos I no es consecuencia de la autoridad ejercida o abdicada, es propia y característica de su circunstancia vital. Él ha estado solo siempre. Primero como el proyecto de futuro a largo plazo que le tocó asumir, siendo muy joven, niño o adolescente, propuesto por los que tenían la posibilidad de hacerlo: Franco y su padre. Más adelante, como aspiración continuista de la sociedad que salía de la dictadura-dictablanda, y que, entiendo su situación y figura, le dejó sin otra compañía que los profesores y preceptores que le pusieron atentos a su cometido histórico, sólo suavizado por el trato de los amigos y compañeros de ocasión. Después, en el declive de Franco y antes de la renuncia de su padre, preparando la restauración de La Corona y buscando apoyos para hacerlo. Hasta su llegada a una Jefatura del Estado en la que, capeando los problemas que surgieron, tuvo que embridar el régimen que agonizaba para dar paso a la Monarquía Parlamentaria que definió la Constitución de 1978.
Como consecuencia, sus años de reinado; y una Jefatura del Estado con proyectos, tensiones, dificultades y aciertos.
En esas circunstancias, estuvo solo. A pesar de su soledad y la edad en que tuvo que hacer frente a cada uno de los episodios que se sucedieron, él supo y pudo hacer lo que hizo: casi 40 años de reinado y Jefatura del Estado. Harakiri de las Cortes Franquistas. Uso de los restos del Movimiento Nacional. Legalización del PC. Capitán General de un ejército leal. Golpe de Estado 23-F. Transición ordenada, de la Ley a la Ley. Incorporación de toda la izquierda, revolucionaria, montaraz o pisaverde. Constitución-78. Habilitación del PSOE. Y participación de todos para asentar la Monarquía Parlamentaria actual. Una monarquía que, por sabiduría o instinto, ha ido llevando con Gobiernos varios: Arias Navarro, Suárez, Calvo-Sotelo, Felipe González, Aznar, Rodríguez Zapatero, Rajoy y Pedro Sánchez.
A estas alturas, visto lo visto, vivido lo vivido y soportando lo soportado (por él), sería estúpido e ingenuo suponer que Juan Carlos I es el remedo de mentecato que ahora, con los medios de información en manos del Gobierno, pudieran presentarnos. Por el contrario, hay que suponer lo opuesto con las previsiones y decisiones que sean oportunas: diseño para la continuación de La Corona en manos de su hijo y descendientes. Continuidad de España en la UE con el respeto y consideración que él aumentó. Refuerzo de presencia española en Hispanoamérica. Y, también, faena de aliño con pases de trasteo, capotazos y algún mantazo para lidiar al gobierno Picapiedra, Pedro y Pablo, con distracciones, respeto al respetable y proyectos de futuro.
El rey está solo, pero con proyectos de futuro parece que previstos. Para España, lógicos dada su trayectoria. Para su familia, unida a La Corona. Y para él mismo. Mientras tanto, la actualidad oficial y oficiosa informa sobre las naderías del momento, que distraen e interesan a quiénes las propagan, difunden y alimentan: ¿por qué se fue?, ¿con quién?, ¿por cuenta de quién?, ¿qué va a hacer allí?, ¿cuándo va a volver?
No obstante, con un punto de ingenuidad y mala leche, aparecen otros interrogantes que, aunque pudieran quedarse en el tintero, acaso deban no ocultarse: ¿qué conocimientos y documentos tiene Juan Carlos I sobre lo que ha pasado ante él?, ¿qué utilidad y beneficio puede suponerle?, ¿a quién beneficia o perjudica que los tenga?, ¿cómo va a influir en quiénes estén afectados: políticos y empresarios nacionales y extranjeros? Y el definitivo: ¿Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, a pesar de su edad y situación, tiene en sus manos el poder que tuvo antes de abdicar?
Mientras surgen contestaciones, por lo que puede aparecer y afectarles, algunos se ocupan de menudencias: obligaciones fiscales, fortuna o amistades.
No estaría de más estar al tanto.