Inmigración: No solo es dinero

Inmigración: No solo es dinero. FOTO ORIGINAL: elnuevoherald.com / Foto AP
Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

La reciente cumbre europea sobre inmigración no parece haber avanzado demasiado sobre un problema humanitario (y por tanto de política común), como es el desplazamiento obligado de poblaciones por diferentes motivos, entre los cuales están los conflictos bélicos o políticos provocados —directa o indirectamente— por decisiones políticas equivocadas, como han sido las guerras (o “intervenciones”) en países muy sensibles a la desestabilización, como los africanos o los árabes.

Al parecer, la resolución adoptada más importante —según lo publicado— es el duplicar el presupuesto actual dedicado a este tema, orientado más a la vigilancia y control de la misma que a la búsqueda de soluciones más amplias que puedan reconducir la situación a la estabilidad y desarrollo necesarios para evitar tales desplazamientos. Es como si se hubiera claudicado ante los hechos y sólo se buscasen parches paliativos en lugar de soluciones posibles.

Para ello es preciso conocer, pero también y sobre todo comprender, las causas y razones que obligan a miles de personas a dejar sus raíces y escapar de lugares donde la tragedia, el hambre, las epidemias o las propias guerras y conflictos intertribales, junto con la rapiña de quienes compran gobiernos, han sido y son un foco de tensiones de consecuencias dramáticas. Todavía en la memoria colectiva están las matanzas entre etnias provocadas externamente en aras del negocio sustancioso de armas o la apropiación y explotación de recursos naturales.

Entender África o cualquier otro continente con sus pueblos, sus culturas, sus tradiciones y religiones es lo mismo que entender el mundo árabe a lo largo de su historia. Una diversidad compleja de gentes cuyo único motivo para existir es la simple supervivencia en condiciones difíciles y que no comprenden el porqué se les quiere imponer unas formas de vida que les resultan extrañas.

Nuestra forma de “ayudar” no es además desinteresada. Se trata —como el expresidente Clinton manifestó en su día— en que los problemas africanos se resuelvan consumiendo ordenadores (naturalmente de fabricación americana). Tal manifestación de cinismo interesado o ignorante parece haber sido siempre el motivo de las “ayudas” al tercer mundo, olvidando cuánto mejor es proporcionar agua potable, alimentos (se ha dicho que sólo con las cosechas de Uganda puede alimentarse toda África), sanidad preventiva, educación (no manipulada ni orientada) y uso de sus recursos naturales, sin que por ello tengan que hipotecarse cultural o territorialmente. Una cosa es el apoyo cuando lo necesitan y otra la imposición de las “ayudas” que nos interesen.

La inmigración parte del miedo y la inseguridad, pero también parte de la venta publicitaria de unas formas de vida artificiales y falsas en su facilidad, como las que se construyen a través de las series de TV. Ellos no saben de “ficciones” y, lo único que les llega a través de los canales disponibles, es la comparación escandalosa entre su necesidad de buscar agua (a kilómetros de distancia a veces) o alimentarse precariamente, con los orondos, cómodos y satisfechos de sí mismos personajes televisivos. Ellos comparan las supuestas comodidades de otros países con sus miserias diarias y, naturalmente, creen en esa falsa tierra de promisión que hemos construido en forma de burbujas. Por esa razón, la desesperación les lleva al exilio voluntario, cuando no forzado, dejando atrás sus poblados, sus medios de vida elementales y básicos para embarcarse rumbo a esos paraísos que les hemos hecho creer. En ese viaje sin retorno arriesgan todo, sus vidas y su escaso patrimonio, exponiéndose a un nuevo sistema de tráfico de esclavos donde los más hábiles sacan tajada en mafias criminales que se aprovechan de la necesidad.

Este es el punto de partida. Se ha creado un “negocio” a partir de la necesidad al igual que se crean a partir de otras situaciones humanas desgraciadas. El tráfico de africanos sigue viajando en barcos y atravesando mares para lograr una teórica vida mejor. Hace un tiempo se los arrancaba a la fuerza de África para trasladarlos a América y convertirlos en mano de obra en plantaciones y haciendas, con la excusa de mejorar sus condiciones. Hoy día llegan a pagar para conseguir los mismos fines dejándose la vida en el empeño.

Europa sigue siendo un estado fallido en cuanto a conseguir la tan cacareada UE, ya que sigue estando al albur de un sistema de socios que velan más por los intereses propios que por los comunes a todos los europeos. En el caso de la inmigración los países mediterráneos han sido los que han tenido que buscar soluciones nacionales para algo que concierne a todos. Se han reforzado las fronteras territoriales, se han adoptado medidas de devolución inmediata y se ha tratado de controlar el flujo marítimo con sus muertos en las travesías. Todo inútil. La desesperación o el efecto llamada (que de todo hay) es más fuerte. En unos casos porque no tienen nada que perder —excepto la vida— y eso tiene escasa importancia para quienes todos los días han convivido con situaciones peores que la muerte. En otros, porque siguen creyendo en su ingenuidad en el paraíso artificial de nuestros “estados de bienestar”.

Les tememos porque son más e incluso pueden aprender más deprisa. Porque son capaces de adaptarse a cualquier forma de vida sin perder sus esencias, porque sus creencias y valores nos resultan extraños y peligrosos, porque nunca les aceptaremos totalmente y, por ello, les consideramos una amenaza para nuestras familias, nuestras vidas o nuestros trabajos.

Ellos también prefieren estar entre los suyos. No es por capricho por lo que emigran o se ponen en camino. Buscan poder sobrevivir. Nada más y nada menos que eso. Por eso se rebajan a trabajar por miserias, a mendigar una oportunidad de salir adelante. En la cumbre europea parece que han empezado a darse cuenta de que la cuestión no es evitar el desplazamiento, sino evitar que lo realicen porque encuentren en su tierra lo necesario y eso significa políticas de cooperación sin contraprestaciones de usura, acogida legal por motivos humanitarios que impida el riesgo de sus vidas, respeto mutuo por creencias y religiones y compromiso político de apoyo en sus países de origen.

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