
En estos días de intensa actividad político-sanitaria motivada por la brutal irrupción en la vida española del COVID-19 y como si de una película se tratase, se han visto imágenes inéditas de calles de toda España surcadas por media docena de coches, donde antes había cientos. El paisaje urbano ha cambiado; las tiendas de moda están cerradas, los bares con el cierre echado y solo las farmacias y supermercados nos hacen recordar que hay vida tras el confinamiento. Solo un estruendo de aplausos rompe el silencio para homenajear a un grupo de esforzados sanitarios, que luchan contra un individuo diminuto y maligno que se lleva por delante a amigos y seres queridos. Ante tan enorme desafío, las personas nos sentimos frágiles. Los pueblos suelen cerrar filas y actuar todos a una, contra un enemigo que no entiende de clases sociales, religiones e ideologías, pero no, no existe unidad de acción, sino más bien se reedita el viejo fantasma de la confrontación patria, descrito por Antonio Machado: “una de las dos Españas, ha de helarte el corazón”.
Tras la guerra civil y la oscura etapa de la dictadura, la democracia nació, si bien tuvo que dar sus primeros pasos entrando por la puerta de atrás con sigilo, para no despertar al amo del calabozo, que aún conservaba las llaves de aquel régimen supuestamente “atado y bien atado”. La democracia debía de pasar ciertas pruebas preliminares. Con Adolfo Suárez ya instalado a la cabeza del ejecutivo, se empezaba a diseñar lo que debía ser la España democrática. Para que ello fuera posible, se hacía imprescindible trabajar entre bambalinas y era necesario encontrar a más de un tramoyista que fuera capaz de cambiar los escenarios con atino y mesura, iluminando rincones y huyendo de efectos especiales. El teatro estaba listo, pero faltaban los actores para que la función comenzase.
Suárez era el actor principal, le acompañaba su don de gentes, su sonrisa y ese aire de seductor de telenovela tan propio de aquel tiempo. Sabía bien el de Cebreros, que cada paso siempre debía ser hacia delante, pues si retrocedía demostraría la fragilidad de su argumentario. Él era un gran estratega al que debía acompañar una vena táctica y esa pasaba por encima de todo, por la discreción. Legalizar al Partido Comunista de España y, sobre todo, dar carta de ciudadanía al rojo de los rojos Santiago Carrillo, era una condición sine qua non, para que el régimen pasase a ser homologable. Eran los tiempos del eurocomunismo del italiano Enrico Berlinguer secretario general del PCI, el francés George Marchais con idéntica responsabilidad en el PCF y también del español Carrillo máximo responsable de PCE. Estos tres líderes, eran la imagen del nuevo comunismo democrático y hubiera sido una torpeza mantener ilegalizado al PCE.
Tras las elecciones del 15 de junio de 1977, las primeras libres tras la dictadura, había que dar un paso más y poner en marcha un país adormecido y desentrenado en democracia, pero ansioso por recuperar derechos y libertades. Suárez no perdió un minuto y mantuvo contacto permanente con Felipe González, el gran descubrimiento de la democracia y Santiago Carrillo, hasta entonces el gran proscrito del franquismo, que demostró lealtad al flamante presidente y compromiso por enterrar viejos fantasmas. La primera vez que Carrillo compareció como cabeza visible del PCE ya legalizado, junto a la bandera roja de la hoz y el martillo, al otro lado del estrado se encontraba la bandera de España, obviamente sin escudo, pero ni rastro de la tricolor republicana que solía acompañar a la comunista en los actos en el exilio. Entre los tres pusieron los pilares de los que sería un gran acuerdo entre todas las fuerzas políticas, que deberían confluir en lo que pasó a denominarse los Pactos de la Moncloa.
Fueron pactos en plural, pues era necesario acordar en dos terrenos: el político y el económico. Para el segundo, Suárez encargó al Ministro de Economía y Hacienda, Enrique Fuentes Quintana economista de contrastado prestigio, que buscase un acuerdo con UGT y Comisiones Obreras, para evitar la conflictividad social y laboral, incluyendo además a la patronal y otras fuerzas sindicales. Solo los anarquistas de la CNT, se negaron a suscribir el acuerdo. Se reconoció el despido libre y el derecho de asociación sindical. Se fijó el límite de incremento salarial en el 22%, (inflación prevista para 1978). En política monetaria se devaluó la peseta con el fin de contener la inflación, e igualmente se realizó una importante reforma de la administración tributaria motivada por el déficit público (eso nos suena, ¿verdad?) y se dio un mayor protagonismo al Banco de España ante el riesgo de quiebra de algunos bancos y para evitar la fuga masiva de capitales.
El otro Pacto se centró en el aspecto político. Era imprescindible abordar la libertad de prensa, eliminando la censura previa que imperaba en el régimen anterior y por fin se reconocían los derechos de asociación, reunión, manifestación y libertad de expresión, tipificando los delitos correspondientes por la violación de estos derechos. Se instauró el delito de tortura, además del reconocimiento de la asistencia letrada a los detenidos. También se produjeron grandes avances en relación a los derechos de las mujeres con la despenalización del adulterio y el amancebamiento y también de la venta de anticonceptivos.
Como podemos comprobar, aquella época era enormemente diferente a la actual, pues los contenidos políticos están más que defendidos por nuestra Constitución. En el aspecto económico mucho menos, pues nuestra entrada en la UE y la pertenencia a la zona euro, han cambiado las reglas de juego de manera considerable en esta materia, si bien los modelos económicos defendidos hoy en día por la derecha y la izquierda son totalmente asimétricos.
Hablar ahora de reeditar aquello no tiene sentido, salvo que se quiera invocar al nombre como sinónimo de conciliación. Por aquel entonces se perseguía con los pactos la consolidación democrática, mientras que hoy se obvia el consenso de antaño, anteponiéndose el acoso y derribo de quien nos gobierna. El clima de crispación existente no permite ningún gran acuerdo de estado, pues parece que el único objetivo que se persigue, es definir vencedores y vencidos.
Todo tiene su tiempo y ahora invocar a la Transición y sus logros, de la cual sin duda los Pactos de la Moncloa son uno de ellos, es mera puesta en escena de algo superado por el tiempo, pero esta política, nada tiene que ver con aquella. Contra la permanente confrontación actual, en aquel tiempo había generosidad en las concesiones, contra el insulto consustancial de ahora, existía el respeto entre adversarios y contra la actual deslealtad institucional, otrora imperaba el patriotismo.
Las premisas de la oposición para comenzar el diálogo, pasan por imponer a Pedro Sánchez que reniegue de Pablo Iglesias rompiendo el pacto de coalición, según anunció a bombo y platillo Pablo Casado (lo de Vox, no merece ni comentario) y así es muy difícil empezar a construir. Tan solo encuentro un único paralelismo entre aquellos pactos y los anunciados ahora y es la negación del Partido Popular a la firma de los mismos. Hay que recordar que Manuel Fraga que entonces encabeza Alianza Popular, se negó a firmar el Pacto de la Moncloa en su versión política, pues eso de pactar con comunistas, no entraba en sus planes. Igualmente, ahora, el PP antes de la gestación de dichos pactos, ya ha manifestado su negativa a suscribirlos invocando a los comunistas de Unidas Podemos. Recientemente en una entrevista en Telecinco a Pablo Casado, este demostró o un escaso conocimiento de su partido, o un afán manipulador de la historia, al reivindicar aquellos pactos como de “su” partido, cuando realmente fue la UCD la que comandó su redacción y acuerdo, siendo precisamente el fundador de su partido (que por cierto era escasamente significativo en número de diputados), el único que rompió el consenso que tan arduamente alcanzaron el resto, en un acto más de desplante a Suárez, de los muchos que le hizo el ex ministro franquista.
Otro de los inconvenientes para instrumentar dichos Pactos, es que se ha incumplido el precepto fundacional de los mismos: la discreción. Cuando Suárez anunció la creación de la comisión que puso en marcha los Pactos de la Moncloa, ya estaba todo pactado y bien pactado con las fuerzas políticas más significativas (PSOE, PCE, nacionalistas catalanes y vascos). Es cierto que entonces no había redes sociales, pero hoy, la incontinencia (verbal o tuitera) de algunos, supone el gran escollo para mantener el sigilo imprescindible para iniciar las conversaciones entre partidos.
Y como si de un juego de “busque las diferencias” en dos dibujos similares, aquí va la lista de firmantes de los Pactos: Adolfo Suárez en nombre del gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo (UCD), Felipe González (PSOE), Santiago Carrillo (PCE), Enrique Tierno Galván (Partido Socialista Popular), Josep Maria Triginer (Federación Catalana del PSOE), Joan Reventós (Convergencia Socialista de Cataluña), Juan Ajuriaguerra (PNV) y Miquel Roca (CDC) y Manuel Fraga (Alianza Popular). Si encuentran algo parecido ahora con esta nómina de políticos, ¡cómprelo!Si son capaces de ponerse de acuerdo (¿?), llámenlo pactos de la reconstrucción, de la integración, del siglo XXI, o como quieran, pero no mancillen el nombre de unos acuerdos modélicos, donde TODOS cedieron por el bien de España.
Agradezco sus comentarios, que como puede imaginar, no comparto. Cuando me ofrecieron poder escribir en este medio, acepté encantado porque en ningún momento me han limitado mi libertad de expresión que evidentemente, no tiene porque coincidir con todos e incluso, con ninguno de los lectores. Negar que Felipe González fue el gran descubrimiento de la democracia, no es una opinión, sino un hecho constatable con tan solo recuperar las encuestas de la época. El papel de Santiago Carrillo fue clave en este periodo y sin duda un enorme acierto por parte de Adolfo Suárez la forma en la que llevó todo el proceso de la Transición. En cuanto a Vox, no me merece el más mínimo respeto un partido que invoca a las fuerzas armadas y a un gobierno de «salvación nacional»,en una actitud claramente golpista y obviamente contrario a los principios democráticos de los cuales se aprovecha, si bien no cree en ellos. Usted puede expresar su desacuerdo, lo cual me parece la mejor forma de ejercer la democracia, pero yo, como firmante con nombre y apellidos de este y otros artículos (no me escondo tras un pseudónimo) seguiré escribiendo mientras me sigan invitando a hacerlo, expresando mis opiniones, que en ningún momento, buscan unanimidades. Yo también lo viví en primera persona y mi relato no tiene porque ser equivocado, aunque si diferente al suyo. Gracias por su crítica.
De nada Sr. Flechoso. Es lógico que en ese «pluralismo político» consagrado constitucionalmente (que contradice el «estado social y democrático de Derecho) , existan versiones diferentes de un mjsma cosa. Dicen que «cada uno habla según le va en la feria». Estuve en uno de los partidos liberales que hicieron posible la Transición. Participé y formé parte de UCD desde su sede en la calle Arlabán y, como consecuencia, viví muy de cerca todo lo que pasó (con sus luces y sus sombras). He sido funcionario público durante más de cuarenta años y responsable de proyectos en las AA.PP. Conocí y viví por supuesto las anteriores….( Con eso creo que queda aclarado lo del seudónimo, que no es tal) y firmo también mis artículos cuando los escribo, sin importarme quien hace los comentarios, sino lo que dicen y sus razones. En todo caso, encantado de haber tenido este encuentro amistoso que siempre nos enriquece. Un saludo.
Agradezco su réplica y el tono, como no podía ser de otra manera. Yo tambien fui participe de ese irrepetible momento de la Transición española, periodo sin duda irrepetible de nuestra historia, pero en una posición ideológica de izquierda desde el PSOE. Al igual que ud. he pasado muchos años en las AA.PP. incluso en puestos de alta responsabilidad. Con ello quiero decir que hablo desde una perspectiva muy similar a la suya en cuanto al grado de conocimiento de aquel tiempo, pero con otra óptica política. Vuelvo a reiterarle mi agradecimiento y le envío un cordial saludo.
«Felipe González, el gran descubrimiento de la democracia…» ¿De verdad se lo cree Sr. Flechoso? Tenemos una memoria un tanto frágil para unas cosas y para otros la tenemos «histórica» (nada menos). El PSOE de Felipe González (el clan de la tortilla) fue un invento de EE.UU. para quitar de en medio (como suele ocurrir siempre) a los menos pragmáticos (más sabios por más viejos) y utilizar a los «listos» que harán el papel de «tontos útiles» (OTAN NO/OTAN SI). ¡Qué decir de Carrillo con su pasado guerracivilista y los muertos a sus espaldas! Fue otro pragmático, como los «peceros» subidos al carro del PSOE (cargos y retribuciones) que abandonaban sin ningún pudor sus entrañables siglas. El Sr. Carrillo sabía que si tragaba tendría honores que, ni de «coña» habría tenido en el exilio. Como así fue (algo parecido a nuestro Pablo Iglesias). ¿Los sindicatos? Otros que lo mismo. «París bien vale una misa» se tradujo en «el chollo del patrimonio sindical (la mayor parte de la CNT y otros sindicatos proscritos), el cargo, el sueldo y los privilegios de ser «alguien», bien vale abjurar de nuestros principios» (ya sabe: «Estos son mis principios, pero si no le gusta tengo otros» de Groucho Marx. Por último, seguir ninguneando al tercer partido del estado («no merece ni comentario») me parece una falta de respeto a millones de electores .Un cordial saludo.
P.D.- Por cierto, estuve en el cogollo de todo lo que relata y mi memoria todavía trata de ser objetiva.