
Los cambios en las actitudes y en las decisiones que están tomando los responsables de los partidos gobernantes y de los responsables políticos en la oposición, no dejan de ser sorprendentes por la falta de rigor y de responsabilidad hacia sus votantes, seguidores y resto de españoles. El enfrentamiento y la lucha por permanecer o conseguir el poder los ha llevado a una situación vergonzante de enfrentamiento, están tan cegados en su odio personal que hace cada día más difícil afrontar con ciertas garantías cualquier asunto que afecte a la vida cotidiana de todos los españoles. El problema de esta ambición personal traspasa con creces las necesidades, ideas y los colores de cualquier ciudadano, sea este de color rojo, azul, naranja, morado o del color que sea.
El enfrentamiento cerril y barriobajero en el que se han enfrascado, consecuencia de la incapacidad y falta de sentido común para negociar cualquier asunto, por simple que sea, está generando de rebote una desafección y una crispación entre la sociedad que llega a ser preocupante. La incapacidad para llegar a acuerdos es evidente y demuestra el escaso compromiso con nuestro país. ¿Por qué los políticos españoles tienen que buscar un mediador extranjero para llegar a acuerdos en temas de cierta trascendencia? ¿Son tan grandes los intereses que hay en juego como para impedir que puedan sentarse en una mesa a dialogar y encontrar las mejores soluciones a nuestros problemas por sí solos?
La indignación me corroe cada vez que tengo que presenciar cómo un belga, Didier Reynders, que ninguno conocemos y ni falta que nos hace, sentar en una mesa al ministro Félix Bolaños y enfrente al portavoz y eurodiputado por el PP Esteban González Pons, como si fueran dos niños que se han peleado en el patio del colegio para llamarles al orden y tratar de ponerlos de acuerdo y que, de una forma racional y civilizada, renueven de una vez el Consejo General del Poder Judicial, que no es ninguna broma. Conviene recordar que «El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) es el órgano de gobierno del Poder Judicial de España» Sus funciones son de naturaleza administrativa-gubernativa y de régimen interior del Poder Judicial. El Consejo se encarga de velar por la garantía de la independencia de los jueces y magistrados frente a los demás poderes del Estado.
Y yo, un profano en materia jurídica, me pregunto ¿por qué los componentes del CGPJ siguen calladitos aguantando el tirón? Si su mandato ha caducado, ha vencido hace ya más de cinco años, ¿no sería más lógico, más serio y efectivo que, ante la falta de acuerdo y disposición de los políticos para renovarlo tomaran ellos la iniciativa y presentaran su dimisión forzando de esa manera la renovación del mismo? Pues parece que no, ¿para qué van a dimitir? De esta forma quedaría evidente que la justicia y sus miembros son independientes.
Queda claro y al descubierto que los que eligen a los miembros del CGPJ no les interesa llevar a cabo tal reforma movidos por sus intereses partidistas y quien sabe que más. Los componentes del CGPJ deberían mantenerse al margen de ese juego de intereses políticos en el que ellos no deben entrar y, ni mucho menos colaborar. Qué duda cabe que esta sería una buena manera de demostrar su independencia y que la justicia es otra cosa bien distinta de la política y los políticos. ¿Acabará este tema algún día?
Qué vergüenza ver a nuestra clase política acusarse y tirarse a la cara todo tipo de mamandurrias y chanchullos. A lo que hemos llegado en este puñetero país para que nuestros políticos puedan tomar decisiones de cierta enjundia; que decidan en Europa que debemos hacer y que no hacer.
Pero la cosa no acaba ahí, ahora con otros asuntos que nos afectan directamente a todos nosotros han decidido ir a llorar a Europa con el ánimo de conseguir lo que con los votos que obtienen en las elecciones no les da para conseguir sus propósitos. La pretensión es que se lo arreglen sus compañeros de la eurocámara y los tribunales españoles y europeos. Yo me pregunto ¿para que votamos? Si los problemas nos los tiene que resolver los jueces y en Europa, ¿para qué tantas elecciones y tantos asesores políticos?, ¿asesores de qué y para qué? Si luego tenemos que ir a mendigar que nos resuelvan lo que somos incapaces de arreglar aquí. Lo más práctico sería ir directamente a elegir un tutor belga, alemán, francés o vaya usted a saber a quién y de donde sea, con el objetivo de que controle y les marque el camino a estos políticos que dicen ser los padres de la patria y servidores del pueblo español. Dejémonos de una vez por todas de zarandajas, de programas electorales incumplibles y de partidos políticos que no dan la talla y solo les preocupa resolver sus problemas y no los de todos los ciudadanos que les votamos.
Parece mentira que cuando ya creíamos que teníamos consolidado un sistema democrático que fue considerado ejemplo de modernidad y concordia, estamos ante una democracia obsoleta, por mucho que algunos sigan aún defendiéndola a capa y espada. Es comprensible que los que participaron y apoyaron su instauración en los años de la Transición, a pesar de la deriva que han experimentado tanto los partidos como la misma democracia, se resistan a reconocer los fallos y carencias que se han producido. Resulta que, durante estos cincuenta años del cambio y la reconciliación, destaca sobremanera como se han venido recrudeciendo las diferencias y los enfrentamientos, se palpa la crispación y se alienta con violencia, por los nostálgicos del antiguo régimen, la vuelta a la caverna de la que consideran nunca debimos de salir.
Cómo podríamos imaginar que aquellos que nos convencieron con su proyecto democrático de reconciliación, de libertad, de justicia, de paz y progreso, todos esos que se consideraron los padres de la patria, a estas alturas del invento, terminarían tirándose los trastos a la cabeza, cuestionando la propia Constitución que ellos redactaron y al propio Tribunal Constitucional que se creó para hacer cumplir debidamente la misma. Me vienen a la cabeza aquellos españoles emigrantes de posguerra que por necesidad unos y para conservar sus vidas otros, tuvieron que marcharse. Ahora, cincuenta años después, los políticos actuales buscan fuera de nuestras fronteras los apoyos necesarios que les permitan sacar adelante sus proyectos e intereses políticos.
Es vergonzoso ver cómo nos ridiculizamos y desprestigiamos ante Europa con tal de conseguir lo que no somos capaces de ganar en buena lid en nuestra propia casa. Cómo se ha perdido la vergüenza y la dignidad en política con tal de conseguir y encumbrarse en el poder. Los partidos políticos se convirtieron en organizaciones generadoras de puestos de trabajo y concesiones de favores para obtener votos cautivos, ahora buscan los apoyos fuera de nuestras fronteras con el objetivo de derrocar al contrincante de turno.
El sistema de democracia que votamos obliga y compromete a los representantes elegidos a ponerse de acuerdo, sin excepción, para llevar a nuestro país al lugar que merece. Los elegidos por el pueblo deben tener la capacidad y la responsabilidad de asumir tal función y no recurrir a ningún extraño forastero en busca de los apoyos necesarios para salirse con la suya de una forma unilateral en las medidas que toman. Dando lugar con ello a que nos indiquen desde fuera de nuestras fronteras como debemos de vivir, que nos tengan que marcar las líneas de la legalidad en temas que para muchos han sido consideradas un derecho a imponer, consecuencia del poder o la influencia de la que han disfrutado en otros tiempos. Se han impuesto condenas, sanciones, normas, cláusulas y cargas abusivas, sentencias supuestamente dudosas, que recurridas a los tribunales europeos han sido condenadas y obligadas a ser reparadas por no ajustarse a las leyes actuales europeas, exigiéndosele su reparación y compensación a los afectados. Hemos padecido leyes, normas y reglas quizás poco claras que, en el fondo fueron redactada para dejar la puerta abierta a la interpretación que en cada caso fuera más beneficiosa para los intereses de los que las dictaban y las imponían.
¡Ya está bien! Ha llegado el momento de reconsiderar el sistema democrático tal y como está funcionando, así como la situación de descrédito político actual. Para combatir este desastre hay que apelar al sentido común de la sociedad. Debemos dejar de seguir creyendo que un carismático y populista líder político va a cambiar esta situación de deterioro, sería un craso error. El control en los partidos está sustentado por un entramado totalitario perfectamente organizado que no permite voces discordantes y si alguien discrepa se le fulmina sin consideración. Se denomina «Disciplina de partido» que no es otra cosa que: «La capacidad de un grupo parlamentario de cualquier partido político para lograr que todos sus miembros apoyen las políticas del liderazgo de su partido». Por lo general se refiere al control que los líderes del partido tienen sobre sus miembros en la legislatura.
El trabajo consiste en concienciar a la sociedad de los cambios necesarios que hay que abordar: listas abiertas y cambio de la ley electoral. Reconsiderar las cesiones que se han concedido en ciertos asuntos a las comunidades autónomas tales como la enseñanza, la financiación, los cuerpos de seguridad del estado, la sanidad. etc. etc.
No cabe duda de que las cosas se pueden hacer de otra manera, pero para ello hay que unir esfuerzos y criterios. No podemos seguir creyendo y colaborando con esta pseudemocracia que nos vendieron; debemos poner todo nuestro empeño en combatir esta ilusoria idea de sistema, cargado de trampas que nos niega lo más elemental de «La democracia como tal, que es la forma de gobierno (del Estado) donde el poder es ejercido por el pueblo», esto se realiza mediante mecanismos legítimos de participación en la toma de decisiones políticas. Algo que, está claro, está muy lejos de lo que hoy tenemos como un sistema participativo que es el que otorga a los ciudadanos una mayor, más activa y más directa capacidad de intervención e influencia en la toma de decisiones de carácter público.
Por supuesto. No sólo la política española, sino toda la desaarrollada desde las GG.MM. en Europa, salvo los períodos de auténticos estadistas como De Gaulle.
Occidente en general y Europa en particular fueron compradas por el imperio USA que hizo de ellas sus colonias. Ese fundamentalismo místico USA (John Galtung) impregnó y contaminó las esencias europeas a golpe de talonario y propaganda.
Para Europa se eligió un modelo de socialdemocracia que está en el frontispicio constitucional: «un estado socialy y democrático de Derecho». Una constitución ideológica no es una constitución.
Y todos tragamos con una pretendida democracia que luego se ha demostrado no serlo. Pero ha ocurrido también con el resto de los pasíses europeos (salvo algunos que todavía se sienten soberanos), con textos constitucionales parecidos donde la separación de poderes real no aparece en parte alguna y donde los ejecutivos se han alzado con el santo y la limosna ( «cesarismo antidemocrático» de Spengler). Un saludo.