En busca del rey

En busca del rey
Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

“Corresponde al Rey:…. b) Convocar y disolver las Cortes Generales y convocar elecciones….” (artº 62 de la Constitución Española).

Esta atribución regia, junto con el resto de las funciones que como Jefe del Estado recogen los artículos 56 y 62 de la Constitución, le da al monarca las posibilidades de maniobra suficientes para enderezar esta nave a la deriva en que se ha convertido el Estado Español y España como nación.

Y no, no es el presidente ruso el causante de los problemas sociales, políticos y económicos que padecemos. Tampoco las pandemias o la erupción volcánica en La Palma. Se trata de simple y llana confusión institucional, con la soberanía nacional “de la que emanan los poderes del Estado” (artº 1.2 de la C.E.) sometida a quienes deben sus poderes y sus cargos; poderes capturados hace tiempo por quienes deben estar a su servicio.

Eugene Luther Gore Vidal, escritor prolífico americano y candidato al Nobel de Literatura, publicó en el año 1949 la obra “A search for the king” (“En busca del rey”), una novela histórica situada en la época de Ricardo Corazón de León y basada en la leyenda del trovador Blondel de Nesle. Pues bien, parece oportuno recordar que la función suprema institucional de la Jefatura del Estado, es impedir que éste sucumba por los intereses ajenos y particulares que se esconden en la política española y sobre todo en las “agendas” que nos han sido impuestas a los soberanos.

La restauración o instauración de la monarquía en España (“Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 6 de julio de 1947”) dice que España: “es un estado católico, social y representativo que, de acuerdo con la tradición, se declara constituido en Reino”. Más tarde se consolidaría con el juramento de la Constitución y la asunción de las funciones de dicha Jefatura del Estado que le son asignadas a la figura del rey.

Muchas voces se preguntan en estos tiempos de calamidades y sufrimiento por esa figura, cuyas responsabilidades parecen haber sido asumidas por uno de los poderes del Estado, quebrando su estructura democrática y violentando a la propia Constitución desde el omnímodo poder que produce la captura de las instituciones. Entre ellas la principal: el Parlamento como representación de la soberanía al que el ejecutivo se permite ningunear a su conveniencia, ante la indiferencia de la presidencia de la cámara.

Es cierto que al Rey/Jefe del Estado se le permite aparecer de vez en cuando en actos de estricto protocolo para cubrir su aparente desaparición funcional. Es cierto que la situación se presta a todo tipo de conjeturas (incluidas las de ser rehén del gobierno). Es cierto que existe una gran incertidumbre sobre la propia existencia institucional de la Jefatura del Estado. Es cierto que el “soberano” se pregunta dónde está esa figura dedicada a poner a cada cual en su lugar.

Hace tiempo que llegó el momento de hacerlo. El Estado no se puede desangrar ante la impasibilidad, la frivolidad y la ineptitud de quienes deben administrarlo. Hace falta retomar la senda democrática que ahora se presenta llena de riesgos y peligros, con una renovación institucional a fondo. Y eso exige elecciones anticipadas. No se puede esperar que la ruina y la miseria del pueblo español sea irreversible.

Se dirá que la situación política es complicada, que si “patatín” y “patatán”, pero las cosas cuando se complican se pueden resolver como el célebre “nudo gordiano”: se le da un tajo y se deshizo el problema (tal como cuenta la leyenda hizo Alejandro Magno). La política española hábilmente dirigida desde el exterior presenta un panorama desolador girando casi su totalidad alrededor de la llamada “agenda 2030”, un invento fatuo que se apoya en teorías igualmente presuntuosas y acientíficas, detrás de las cuales aletea el dinero y que la UE ha hecho suyas.

Como igualmente se perciben los intereses económicos en las operaciones de supuesta geopolítica y geoestrategia de las hegemonías mundiales. No sólo es Ucrania la protagonista (salvo en lo mediático), hay otras naciones en conflicto a lo largo y ancho del planeta. Pero son conflictos que se nos esconden desde los medios de comunicación hábilmente regados por subvenciones clientelares. Esos medios vendidos al poder que juegan con las emociones de los que creen ingenuamente en ellos.

Hace falta otra política más real, más pegada a los problemas reales de la gente, de los pueblos que son los que pagan finalmente los caprichos de unos cuantos. Hace falta decencia, honestidad y ejemplaridad públicas, en lugar de exhibiciones de trampantojos con que confundir a los ciudadanos. Hacen falta nuevas elecciones donde la representación política sea real y no ficticia, donde el valor de los votos sea exactamente igual en todo el estado (que es simple principio constitucional), donde la ilusión colectiva se base en la esperanza de un cambio radical que rompa el nudo de la impotencia.

La soberanía nacional, el pueblo español, está a la espera del tajo constitucional que corte el nudo y nos libere de tanta mentira, de tanta incompetencia, de tanta ruindad, de tanto egoísmo. Está “buscando al rey” (como en la novela de Gore Vidal) todavía en la confianza de no estar “esperando a Godot” inútilmente.

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