Me lo cuenta una amiga navarra trasplantada a Cataluña, casada con un catalán, que vive en Barcelona y es madre de catalanes: “es como en Pamplona en los ‘años del hierro’, la sociedad está dividida: compañeros de trabajo que no se hablan, en las familias, amigos… La gente está triste. Hay expectación, todo el mundo pendiente de las noticias y a ver qué pasará mañana, el lunes, la semana que viene… Ya no podemos pensar en lo que habría que haber hecho, porque solo nos preocupamos de lo que pasará esta tarde, mañana, el lunes. Y la gente, mientras, llorando. Como en Pamplona, Antonio, que en los bares reina el silencio, nadie habla con nadie; nos miramos, nos preguntamos para nosotros qué pensará el de al lado, si me considerará un enemigo…”.
Su testimonio me ha puesto los pelos como escarpias y me ha traído ganas de llorar, a mí también, que no lloré —no había tiempo— cuando me señalaba el punto de mira.
Y sólo puedo pensar en una cosa, en que alguien tendrá que pagar el sufrimiento, el dolor, el llanto de los ciudadanos de Cataluña; y en que creo tener claro quiénes son, quiénes se han situado más allá de la ley (Felipe VI dixit) y fracturado una sociedad ejemplar como fue la catalana.
Y quiero creer que ocurrirá. No entiendo “los tiempos”, pero confío en quien los administra (ya sé que muchos no). Porque eso, la aplicación de la LEY, toda la LEY, pero nada más que la LEY —me repito, lo sé—, nos devolverá el orden y la paz.