El puñetazo

El asesinato de Ataúlfo (Ramir Lorenzale, pintura)
Por
— P U B L I C I D A D —

La agresión a Rajoy es, pese al clamor desatado de todos los líderes en campaña mostrando su repulsa, una mera manifestación benigna de lo que es en la DEMOCRACIA la lucha por el poder, aunque el personaje del puño en rostro repugne, no deja de ser irrelevante y, además inmune al castigo por ser considerado menor a efectos de las consecuencias de su acto. Y es que es así de asombrosa contribución que debemos al sistema democrático, para canalizar la tensión violenta que ha caracterizado la pasión por el poder.

Seguramente los que estudiaban historia en antiguos modelos educativos recordarán que una de las enseñanzas historia consistía en memorizar la lista de los Reyes Godos. Empero pocos conocen con detalle cómo perdieron (y alcanzaban) el poder por asesinato casi la mitad de los nombres que aprendimos. Sitúe el lector su atención en algunos ejemplos. Ataulfo fue asesinado por conspiración de quien iba a sucederle, Sigerico que, para asegurarse que no le ocurriera lo mismo, mandó matar a los cinco hijos de Ataulfo. Pese a tal medida, este asesino reinó una semana. Otros que siguieron: Teodorico, Alarico, murieron en batalla y un siguiente, Gesalico que también libro batalla pero no murió en ella, fue ejecutado por perderla y su sucesor igualmente ejecutado. Tendis, el siguiente rey fue asesinado en palacio, Teudiselo en un banquete, el rey Agila muerto en Mérida por conspiración. Siguieron cerca de media docena más de asesinados hasta completar la lista que los 33 reyes godos que había que memorizar.

Esta monarquía goda que reinó en la España medieval no fue una excepción en mostrar lo que era la cruel combinación entre violencia y poder. De la Europa de ese tiempo, el historiador inglés Edward Gibbon ha realizado el más concienzudo relato en una obra monumental que detalla todos los Reyes y Emperadores que llenaron los siglos de la historia de Occidente y del Imperio romano de Oriente que se mantuvo hasta la caída de Constantinopla. Gibbon nos descubre que la conquista del poder se mantuvo siempre entre episodios de crimen y guerra. Incluso cuando el cristianismo estableció su alianza con el poder imperial y, al ungir a Emperadores y Reyes en nombre de Dios, quiso aportarles una legitimidad de carácter divino, el puñal y el veneno siempre estuvo cercando el poder. Después, cuando la religión dejo de ser soporte válido para la realeza por el vendaval que fue la Revolución Francesa, el poder se sirvió casi siempre de la violencia hasta llegar muy modernamente al sistema democrático en el que es la política la que se ha convertido, según aforismo famoso, en una guerra por el poder sin efusión de sangre.

La democracia, por suerte para las generaciones que tenemos ocasión de vivirla y deseamos dejarla como legado, es la canalizadora de las tensiones que laten en el cuerpo social, tanto más intensas como frustraciones acumule el ser humano, cualquiera que sea la causa de su frustración. El poder es siempre, en última instancia quien gobierna el marco social donde se desarrolla nuestra vida. Pero la vida, para mucha gente, no es un trayecto de felicidad y dentro de esa gente, muchos hacen que crezca el odio al poder, simplemente porque quien lo encarna es al que ve responsable de los males que la vida depara.

Aceptadlo o no, pero el puñetazo es una muy leve consecuencia de lo que enseña la historia sobre Violencia y Poder.


Ilustración: «El asesinato de Ataúlfo», pintura de Ramir Lorenzale (vía blog «Miniaturas Militares de Alfons Cánovas»)

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