El partido soy yo

Rajoy, el partido soy yo
Abel Cádiz
Por
— P U B L I C I D A D —

Solo desde el sentimiento que inauguró en la Historia Luis XIV (L´état, cést moi) se explica que Rajoy haya dejado al PP y a sus votantes sin el poder ejecutivo antes que dimitir él para detener la moción de censura, cuya retirada anunciaba el propio Pedro Sánchez y, sobre todo el PNV que disponía de la llave para aprobarla o dejarla sin efecto.

El PAÍS ha informado que el clamor en las redes sociales fue inmenso a favor de la censura. Cuantifica en 161.000 twitteros los que emitieron mensajes apoyándola. La cifra es irrisoria si se considera que el número de afiliados de los partidos que la han hecho posible quintuplica la cifra, lo que indica que apenas un 20% se molestó en dejar su opinión en la red. Y en todo caso el mensaje se centraba en la persona de Rajoy: ¡Hay que echarlo! Es lo mismo que él pidió a Cospedal respecto a Cristina Cifuentes: hay que hacer dimitir a ésta. Quedaba claro que la tormenta por tanta corrupción adosada a su despacho le obligaba a dimitir, pero no obligaba al PP a dejar en dos días el gobierno. Para perder el poder ganado en las urnas se habría requerido que el rey realizara las consultas y que cada partido ofreciese un candidato capaz de formar una mayoría no forzada por el impacto de la condena de la Gürtel, por el oportunismo de Pedro Sánchez, que tan bien le ha salido, y por el ansia nacionalista de una venganza en caliente. Además, en caso de lograr Sánchez esa mayoría, la sonrisa de muchos se habría trocado en mueca al hacerse más evidente que una veintena de votos estaban ordenados desde Alemania y la prisión de Estremera.

¿Qué es lo que ha pasado?

Entonces ¿qué es lo que ha pasado? Simplemente que el partido es patrimonio de Rajoy y no de sus supuestos 800.000 afilados que en militancia efectiva seguramente hoy no alcanza más allá del 20%. Rajoy es un buen parlamentario, nadie lo duda, lleva en el oficio 34 años y su estructura mental es la de un opositor de las alturas. No faltaba más, como el diría. Cualquier fino observador ha reparado en que Rajoy nunca ha dicho Nosotros cuando hablaba de acciones del gobierno o del partido. Su declinación recurre siempre al Yo, Mi, Me, Conmigo. Incluso ha circulado profusamente entre afiliados del PP un wasap bajo el título: Que nadie te engañe, Rajoy no arregla esto dimitiendo. España se quedaría con un gobierno en funciones, Cataluña podría independizarse sin que se pudiese impedir. ¿De dónde saldría tan sesudo análisis? La realidad es que el modelo que ha preconizado Génova ha sido absurdamente cesarista cuando Rajoy no es precisamente un líder carismático. Eso ha dado lugar a una nomenclatura formada por un único canal: la cooptación desde arriba. A tal punto llega la desnaturalización de la democracia interna que en cualquier localidad los militantes activos, reducidos a los miembros de la Corporación municipal y poco más, tienen que dirigir la mirada a la cúpula, para ver a quien señala el dedo del alto mando. La fórmula no ha sido negativa en el medio plazo, desde luego fue cómoda para la nomenclatura que nunca vio discutidas sus decisiones y mucho menos alteradas por votos de la base. La configuró Aznar y aprovechado a fondo Rajoy. Pero ahora el dilema para el PP adquiere otra dimensión. El sacrificio ha sido ecuménico. Hasta mil trescientos cuadros directivos se quedan en el paro de la noche a la mañana, según cuantifican los medios. Es seguro que el presidente ha dejado de tener algunos amigos.

Se debe a Petrarca la frase un bel morir tutta una vita onora. En el caso de Rajoy es pura metáfora. Hablamos solo de muerte política y por cierto que no ha sido bella ni va a honrar su memoria. Es el primer presidente descabezado por un voto de censura que le ha hecho aparecer noqueado, desaliñado, con ojos de estupor de quien no ha comprendido nada. Despidámoslo piadosamente. Su esfuerzo por resolver la situación económica heredada queda ahí. Pocos saben que falto un ápice para la intervención por parte de la UE lo que habría afectado a muchas prestaciones sociales, incluso de las pensiones. Ocasionalmente escribo en Grecia esta reflexión y soy testigo de lo que significan los recortes. La ironía es que quien aquí los practica es el partido hermano de Podemos. El último servicio de Rajoy podría ser, si recupera su legendaria serenidad, dimitir de la presidencia del PP y no practicar con el sucesor el dedazo como Aznar hizo con él.

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