
El coronavirus es al Mobile lo que el chivo expiatorio al ser humano: el mejor amigo del hombre. Fue la excusa perfecta para que muchas empresas optaran por no concurrir. Probablemente porque los costes se habían disparado mucho más que la rentabilidad obtenida. No estar no era una opción, pero estar era un impuesto revolucionario. Ahora han visto la puerta de salida y la han agarrado.
Desde el luego, el ‘procés’ no ayuda. Las imágenes de las revueltas violentas de Barcelona todavía permanecen en la retina. Arriesgar la integridad o a que los CDR te paren la calle y no puedas acudir a tu evento de ‘networking’ pesan en la decisión. Súmenle los ‘gestos’ anti modernidad de su destartalada alcaldesa, Ada Colau: prohibición de los coches de alquiler con conductor y restricciones a alquiler vacacional.
Y por si fuera poco, un sector poblacional xenófobo que de vez en vez te monta un escrache por ser extranjero o te audita tu ADN para en todo caso hablarte en catalán y así hacerte sentir más aislado. No apetece.
Ahora la bronca se centra en el dinero, como siempre. Las aseguradoras se niegan a pagar porque las autoridades no han certificado el riesgo de pandemia, requisito para la “fuerza mayor” esgrimida por el Mobile. Mientras, las empresas concurrentes se niegan a pagar un congreso al que no asisten. Buenos tiempos para los letrados…
¿Y qué pasará en el 2021? Es una incógnita. Porque las empresas proveedoras exigen contratos más largos para compensar las pérdidas. Y nadie quiere asumir compromisos. Además, las incertidumbres del ‘procés’, las locuras anticapitalistas de Colau y la xenofobia medieval es probable que permanezcan. Madrid se frota las manos. Aunque tanto cainismo puede provocar el salto de frontera.
¡Lo conseguimos! Regresamos a nuestra anormalidad histórica, como señaló recientemente Felipe González. Y para evidenciarlo, criminalizar el franquismo, la gran estrategia de la izquierda para incomodar a la derecha reabriendo heridas del pasado. Progresamos.