
Podríamos definirlo como aquel en que los poderes públicos del Estado se ocupan principalmente de estar al servicio de los ciudadanos, garantizando su seguridad y sus libertades. El término atribuido a William Temple, arzobispo de Canterbury (Welfare State) se contraponía así al estado de guerra (Warfare State) atribuido a Alemania en la 2ª G.M. En todo caso, resulta una obviedad que, si el Estado tiene sentido político, es por ser la organización política y administrativa de los ciudadanos.
Desde sus orígenes los sistemas de asistencia pública en diferentes naciones de Europa (leyes de pobres en Inglaterra, Estado-providencia o Estado social en Francia y Alemania), al amparo de doctrinas impulsadas por la Ilustración, donde se acuñó el concepto de despotismo ilustrado, el objetivo era que las personas cuyas circunstancias precarias lo exigiesen, encontraran apoyo y sostén social desde los poderes públicos. Progreso, bienestar social y económico, fueron los términos con que empezó a crearse una conciencia social colectiva o un sentido solidario de la sociedad y sus necesidades.
Las crisis económicas y sociales del período de entreguerras, conocidas como la “Gran Depresión”, fueron abordadas y resueltas desde las dictaduras que surgieron: en la Unión Soviética los planes quinquenales y en Alemania, en Italia con fuertes controles estatales de la economía, adquirieron los tintes totalitarios conocidos, en base a intentar cada uno a su modo el bienestar de sus ciudadanos. Unos acertaron y otros se equivocaron en las formas y procedimientos, pero en todo caso consiguieron que el propio Winston Churchill los elogiara declarando que, si hubiera sido italiano estaría con Mussolini o que, si Inglaterra llegara a tener los problemas de Alemania de postguerra, esperaba encontrar un Hitler para enfrentarlos. En España el régimen de Franco estuvo basado en un “estado de bienestar” que serviría para remontar la postguerra civil.
En todo caso la intervención estatal se pretendía como una forma de control del poder del mercado libre frente a las instituciones políticas, en base a su regulación para evitar el abuso del capital sobre el entramado social. La combinación de factores reformistas, socialismo cristiano, elites políticas ilustradas y fuerzas sindicales, dieron sentido al llamado “estado de bienestar” como una garantía colectiva para los ciudadanos cualquiera que fuese su situación. A ellos se unirían sectores liberales (Escuela de Friburgo) y demócratas-cristianos.
Pero, en palabras de Karl Popper: “…El poder todavía corrompe, incluso en nuestro mundo. Empleados públicos todavía se comportan a veces como amos descorteses. Todavía abundan dictadores de bolsillo… Todo eso no se debe tanto a la falta de buenas intenciones, como a la falta de habilidad e incompetencia”. Al amparo del supuesto “estado de bienestar” aparecieron los que interpretaban el mismo exclusivamente desde sus intereses personales. Una buena parte de las instituciones públicas fueron corrompidas por pretendidos “socialistas” que actuaban como comisionistas de los servicios que decían prestar a la sociedad y a la democracia prostituyendo principios (si los tuvieron en algún momento), pervirtiendo ideologías y comprando adhesiones.
El “estado de bienestar” bien entendido se refería a cada uno de los agentes del mismo, tal como se ha probado en las circunstancias de muchos antes y después de participar en su gestión. En este sentido y por desgracia, el sistema democrático no tiene capacidad de respuesta suficiente para evitar y prevenir desmanes cometidos en su nombre, sino que, por el contrario, parece ser un caldo de cultivo sabroso donde crecen las corruptelas, los abusos y las irregularidades. Todo depende de la cultura y principios que la forman. Desde la austeridad y disciplina de unos al hedonismo despilfarrador de otros. Desde los controles rigurosos del gasto y la gestión públicos hasta la conocida frase de “el dinero no es de nadie” atribuida a la Sra. Calvo y lo que hemos ido conociendo en las formaciones políticas democráticas.
Cargos de todo tipo y clase al socaire de confundir la responsabilidad con el mando, han ido surgiendo como excrecencias de los sistemas democráticos al grito de “¡tonto el último!”, con despilfarros arbitrarios y sobre todo con claras intenciones de vincular el voto al dinero. Los presupuestos del Estado no se ajustan a las necesidades y recursos del mismo, sino que bajo el “mantra” del “estado de bienestar” se endeuda al Estado (a los ciudadanos) con el único objetivo de mantener el poder. Conviene recordar esa tremenda y certera frase: “las generaciones que nacen en las cárceles de la deuda, se pasan la vida comprando el camino hacia la libertad.” En eso ha devenido el que todavía intentamos creer “estado de bienestar”.
Por todo ello no está de más insistir más en el “Estado de libertad” (que tanto echamos de menos estos días) que caer en la trampa del “Estado de bienestar” (para los de siempre). Nadie puede estar bien si carece de lo más importante en el ser humano: su capacidad de decidir y su responsabilidad personal al hacerlo. “Nihil prius libertate” (nada antes que la libertad).