El derecho a saber la verdad

Abel Cádiz
Por
— P U B L I C I D A D —

El libro La gran desmemoriaal que acompaña como subtitulo “lo que Suárez olvidó y el rey prefiere no recordar” es un empeño de contribuir a la verdad histórica y cuando una periodista-escritora como Pilar Urbano se propone reconstruir un periodo crucial de nuestra reciente historia, debemos aceptar que lo hace desde el compromiso de buscar esa verdad. Son 862 páginas incluyendo las numerosas notas que, con precisión de cirujano, dan cuenta del origen de su relato: quién fue su fuente, en qué documento o entrevista sustenta la información y, en muchos casos, día y lugar en que obtuvo el dato. Se podrá descreer lo que pone en boca de personas fallecidas: testimonios del propio Suárez, de Sabino Fernández campo, de Gutiérrez Mellado, pero hacerlo desde la libre subjetividad del lector, en nada desmerece el trabajo de investigación realizado y, desde luego, en nada o muy poco erosiona el crédito de Pilar Urbano ante quienes reconocen su trayectoria.

Libro de tal extensión requiere cierto número de días para una lectura precisa, es decir, acudiendo a las notas aclaratorias y evitando lecturas diagonales y ligeras. Puedo dar, como ejemplo propio, que dedicando en torno a tres o cuatro horas diarias, su lectura lleva no menos de una semana. Baste esta cuenta para poner en duda que, en la misma fecha en que salió a la venta, ya se hicieran contundentes descalificaciones sobre el relato fundamental, esto es, lo que fue la Operación Armada que vino a provocar el intento de golpe del 23-F. La más dura de todas la lanzó Felipe González con una frase ni siquiera discretamente medida: -“miente más que habla” declaró, pero tan rotundo juicio resulta interesado, pues él mismo queda con muy dudosa estética ante hechos que la autora considera contrastados (de ética mejor no mencionarlo pues tenía una coartada política: cargarse a Suárez sin importar los medios para lograrlo).

Una frase que Albert Camus pone en boca del emperador Calígula: “he comprendido que hay dos verdades y una de ellas ha de permanecer oculta” hace confesar a la autora que su discrepancia con esa afirmación ha motivado su trabajo para descubrir tramos de la historia que reclaman luz. Lo cierto es que el pensamiento de Camus se aplica en su obra a la figura de un tirano y los nacidos en la década de los 40 o 50 no ignoran que durante el franquismo hubo muchas verdades que se nos ocultaron. El propio Fraga fue cesado como Ministro por permitir que saliera a la luz un escándalo de corrupción, como el caso MATESA, que el sector más duro del Régimen, personificado en Carrero, consideró que no debía conocerse. La obra de Camus, que la autora trae a colación, plasma muy bien esos deseos porque como se dice en otro momento “el poder brinda una oportunidad a lo imposible”.

Mas lo cierto es que en una democracia, por imperfecta que sea, el poder tiene los límites que ya advirtió uno de los grandes maestros del toreo, “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible” como así resulta de pretender mantener oculto lo que una periodista se ha esforzado en mostrar, poniendo el foco en la actuación del Rey desde tiempo antes de la entrada de Tejero y atemperando así la glorificación que se hizo de él, sobre todo a partir de esa fecha. Porque lo que hace Pilar Urbano en su relato es humanizar a los personajes en un contexto en el que imperaba el miedo, ese enemigo que siempre perturba las conductas. Y no solo eso sino que, además, todos los personajes, empezando por el indiscutible protagonista Adolfo Suárez, se describen desde la empatía que fue, por otra parte, la más excelente de sus virtudes cívicas, manifestada en la manera en que buscó caminos para el entendimiento con cualquier adversario y desterró de la conducta política el concepto de enemigo, como lo había sido en nuestro pasado como nación. Sin embargo, imponer en la escena el marco relacional e incluso conceptual entre todos los personajes, es una tarea que quiere reservarse siempre el director de la obra (como se auto designaba Torcuato Fernández Miranda) y que, en todo caso, corresponde aprobar al que promueve la obra (como el citado dijo del papel del Rey). De ahí que el primero no resistiera la autonomía que cobró Suárez, su actor elegido, y por eso se distanció de él con gran enojo. Y que el propio Rey no pudiera digerir, sin al menos fuerte pesadez de estomago, pasar de ser alguien que podría “tener el mismo poder que Franco, pero en Rey” según frase que registra la autora y que luego se complementa con la de “estoy obligado a bailar el chotis en una baldosa y sin pisar la raya”, mostrando abiertamente su disgusto con Suárez que es quien le termina imponiendo ese chotis metafórico para darle legitimidad como monarca constitucional.

Hay que intentar situarse de nuevo en aquel contexto integral para tomar conciencia de la dificultad que supuso para compaginar la transición política en tiempo acelerado, con una transición mental para asumir tal colosal cambio de la propia filosofía de unas conductas forjadas en años oscuros. Pilar Urbano desvela descarnadamente esas conductas pero lo hace sin ira, buscando incesantemente la verdad y –éste es su imperdonable pecado- sitúa a los grandes protagonistas del periodo ante un espejo y les obliga a escuchar lo que les dice el tipo que refleja el espejo. Y he aquí que no les resultará nada agradable de oír a cuantos ávidos de poder, con prisas unos por alcanzarlo incluso con atajos, con envidias otros de su propio partido hoy desaparecido, con miedo insuperable o laxitud de conciencia en otros, hubo amplia y numerosa disposición para lograr la defenestración de un Presidente elegido por el pueblo. Y ahora, tan a destiempo, un libro que no cambiará la versión oficial les hará recordar muy a disgusto que todos salvaron para la historia su imagen y su trayectoria, merced a la aceptación por parte de Adolfo Suárez de su propio sacrificio.

2 Comentarios

  1. A la atención de Abel Cádiz:
    Así, en comentario de escaparate, sólo puedo decirte que leyendo tu artículo «El derecho a saber» -en el que comentas mi libro «La Gran Desmemoria»- me ha reconfortado la lucidez de tu mente para el análisis y la serenidad de tu talante para la ponderación de un trabajo que no tuvo otro empeño que la búsqueda de la verdad histórica. No he pretendido brillantez ni éxito, sino satisfacer en la medida que me fuera posible el derecho ciudadano a conocer su propia historia. Sí te aseguro, querido Abel, que en todo momento he intentado ser honrada en la investigación, sin parcialidades ni prevenciones, sin ligereza en el contraste de las fuentes, sin ceder a la tentación de la explicación fácil, sin forzar las piezas del puzzle para que encajasen según una idea preconcebida y, sobre todo, sin miedo a las consecuencias de buscar la verdad, encontrarla… y exponerla. Gracias, Abel. Tienes mi email; en directo y sin focos hablaríamos mejor. Un abrazo. Pilar

  2. Interesante tu análisis sobre una obra que, por la envergadura de su continente (e ignoro si su contenido es del mismo tamaño), admite su aproximación desde muy diversas ópticas. A la tuya le concedo el valor de una proximidad que, aunque no fuera muy intensa, etaba por encima a la de la inmensa mayoría dentre de la cual me encuentro.
    En cualquier caso, creo que este libro, como tantos otros a mitad de camino (y de pretensiones) entre el periodismo y la historia, terminará como los fuegos artificiales: mucho ruido, mucha luz y, al final, humo.

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