Los partidos políticos parecen reclamar nuestra adhesión en función de la demostración, por ardua que sea, de que cada uno de los otros ha cometido mayor y más numerosos errores cuando no fechorías.
Aunque podrían haberse utilizado otros muchos ejemplos, una línea vergonzosa y vergonzante pero oficial a la postre del Partido Popular en defensa de Camps ha sido la expresada tan gruesamente por la alcaldesa de Valencia de que son precisamente los que han permitido la entrada de Bildu los que quieren la salida de Camps; que al fin y al cabo se trata de unos trajes, un cohecho impropio del que un resultado electoral exitoso parece haberle exonerado, según alguna otra portavoz nacional. No repara la alcaldesa valenciana en que somos muchos los que abominamos de las dos ignominias, la grande y la pequeña. Porque la “pequeña” no lo es tanto.
Primero las elecciones no se plantearon para eximir a nadie de sus faltas sino para elegir gobiernos y algunos han elegido el que les parece menos malo.
Segundo, la cuestión irrelevante, aunque profundamente bochornosa en términos morales y estéticos, se refiere a los trajes. La cuestión relevante sería la mentira, como parece sostener el auto judicial y cualquiera que sea su peso penal será insignificante siempre en relación con su peso político.
Si en las próximas elecciones generales se trata solo de alternar un gobierno por otro en ese régimen de turno impropio que parece acostumbrado podrá ser legítimo pero no será suficiente ni moralmente aceptable en estas circunstancias.
Aun cuando se puede opinar y probablemente justificar que el actual gobierno socialista ha resultado ser el peor de la democracia (y quiero creer que el peor de todos los gobiernos posibles dentro de un sistema democrático degradado pero con todo, gracias a Dios democrático) y que ha contribuido con una eficacia arrasadora a envilecer todo el sistema político, convivencial e institucional, el problema de España no es solo despertar de una pesadilla, (de la que también forma parte principal la clase política y dirigente del país) es volver a recuperar la confiabilidad en los políticos y en el Estado de Derecho. Y eso no se consigue por el mero alterne para el que basta una táctica de desgaste, pero para la regeneración se necesita mucho mas, un liderazgo confiable y volver a la complicidad con el adversario político, elemento insustituible y precioso del sistema democrático y a quien hay que preservar de la destrucción porque es necesario para todos.
Lo cierto es que los lamentables vericuetos de la política con sus infames vodeviles han puesto a Rajoy en la oportunidad y solo él la tiene, de protagonizar un impulso de recuperación espiritual y material de la sociedad y de la nación española, que hoy es vital.
La confianza es la clave en la que tanto se insiste y en particular el Sr. Rajoy. Sería imperdonable que una vez más los intereses de partido menoscaben o descuiden los generales. Porque el Sr. Camps es un caso que afecta a todos, es una prueba para muchos decisiva para obtener confianza o desmerecerla.
El Sr. Rajoy ha hecho lo posible a favor del Sr. Camps y en defensa de la embestida tenaz y sin escrúpulos que el Gobierno y sus clientes mediáticos emprendieron utilizando a Gürtel para sellar aun más el Pacto del Tinell y destruir al P.P. Pero eso pasó y estamos en otra hora. Una hora transida de angustia y pesimismo, de necesidad de liderazgo, de decencia, de coraje y de ilusión colectiva.
No hay humor, precisamente para el cambio de cromos. Faisán por Gürtel. Sería un enorme error.
No, el Sr. Camps, si mintió, no merece esa alta magistratura ni ninguna otra en el futuro. Y en tanto se demuestra su inocencia, si es el caso, por decoro de todos debiera dimitir por el espectáculo insólito de un Presidente autonómico procesado. En cualquier caso el Sr. Rajoy no puede quebrar la esperanza de que podemos poner en pie al gran país que… todavía somos.
Sabiendo además que muy probablemente tendrá que gobernar en unas condiciones tales que, sin confianza, será una empresa vana por imposible.