La UE se aleja de Estados Unidos y se resigna a una posible vuelta de Trump

Pedro González
Por
— P U B L I C I D A D —

La media de los ingresos per cápita de los ciudadanos europeos es hoy en día un 27% menor que los de sus homólogos norteamericanos. En el caso de los españoles esa diferencia se acerca al 40%, al pasar nuestro índice de convergencia con la UE en ese capítulo del 92 al 84% tras los cinco años transcurridos de gobiernos de Pedro Sánchez.  

La consultora McKinsey, autora del informe presentado en el Foro Económico Mundial de Davos, pone de manifiesto por lo tanto que la brecha entre Europa y Estados Unidos nunca había sido tan ancha desde 1970. Por su parte, el Banco Mundial lo subrayaba al señalar que la renta per cápita de EEUU en 2023 era el doble que la de la UE en términos nominales, además de superarla 1,4 voces en paridad de poder adquisitivo.  

La comparación es aún más odiosa respecto del PIB, ya que la UE ha pasado de tenerlo por encima de Estados Unidos en 2011 a ser ahora nada menos que un 47% más pobre que los norteamericanos. Con su habitual y descarnado lenguaje, medios de comunicación del otro lado del Atlántico, pero al fin y al cabo globales, como The Wall Street Journal, se regodean en la suerte, afirmando que “los europeos se enfrentan a una nueva realidad económica -son más pobres- que no habían experimentado en décadas”.  

Y achacan gran parte de la culpa al cada vez mayor retraso tecnológico europeo, resaltando que, si la UE llegó a protagonizar la revolución de la telefonía móvil allá por el año 2000, e incluso la denominada Agenda de Lisboa diseñó un plan para convertir a la UE en el área más competitiva del mundo en 2020, la diferencia de inversión en I+D+i en los últimos años entre una y otra orilla del Atlántico marca la causa principal de tan brutal diferencia.  

Otro índice que echa aún más sal a la herida es el de la lista de las mayores compañías TIC del mundo. De las 50 grandes Tecnológicas de la Comunicación por su capitalización bursátil, tan sólo cinco son europeas, con apenas un 5% del valor total. Lo diminuto de ese tamaño acentúa la acusada pérdida de influencia de Europa en el mundo en muchos otros campos.  

Mientras estas evidencias surgían en los debates junto a las nevadas montañas de Davos, en Bruselas y Estrasburgo cunde la impresión de que la UE podrá encontrarse al final de este año con Donald Trump otra vez en la Casa Blanca. Así lo proclamó sin ambages el primer ministro belga, Alexandre de Croo, al presentar ante el Parlamento Europeo el programa de la presidencia semestral rotatoria belga de la UE. Un turno que quedará inconcluso por la celebración de las elecciones europarlamentarias del próximo mes de junio.

A juicio de De Croo, “si al cabo de este 2024 gana de nuevo el ‘America first’, tendremos una Europa más sola que nunca”. Pero, lejos de ahondar en el pesimismo de semejante perspectiva, el jefe del Gobierno belga pidió a los europeos que “nos abracemos a la oportunidad de construir una Europa de fundamentos más sólidos, más fuertes, más soberanos y autónomos”. En suma, aprovechar las lecciones del primer mandato de Donald Trump, donde el indiscutible líder del Partido Republicano destruyó de un manotazo todos los mitos europeos respecto de la protección y generosidad del amigo americano.  

Se expanden por las sedes de las instituciones europeas los desplantes que Trump hizo a sus homólogos europeos, especialmente en capítulos tan sensibles para la UE como la política arancelaria, la aportación y compromiso con la OTAN y la lucha contra el cambio climático. Tampoco es que con Joe Biden haya mejorado mucho la relación, más allá de las palabras y las sonrisas, toda vez que las cifras muestran una brecha cada vez mayor, aunque buena parte de ella sea achacable más a la falta de iniciativas consumadas de los europeos que al deseo norteamericano de tener a la UE siempre embridada y dependiente.  

Trump se vanagloria de proclamar que con él en la Casa Blanca ni Putin hubiera invadido Ucrania ni Hamás hubiera desencadenado con su ataque terrorista la guerra de Gaza. De momento, y sin estar en el poder, sus congresistas han bloqueado el último paquete de ayuda de 61.000 millones de dólares a Ucrania, que ha visto cómo simultáneamente a ese bloqueo Rusia la somete a un diluvio diario de fuego y destrucción.

El llamamiento de De Croo debiera ser seguido de inmediato por iniciativas de fuste que aceleraran el proceso de construcción europea en los importantes flecos que aún frenan su impulso. De momento, más que iniciativas lo que se observa es un cierto sentimiento de resignación, acompañado eso sí de las correspondientes carreras por ocupar un puesto en las listas electorales europeas, y cazar uno de esos puestos importantes y bien remunerados.  Con elecciones a la vista todo tiende a paralizarse, al menos en Europa. En otras latitudes, Estados Unidos incluidos, parece que siguen a toda máquina poniendo cada vez más distancia de por medio.   

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