España, UE y China: realidades presentes e incógnitas de futuro

Pedro González
Por
— P U B L I C I D A D —

A menos que se haya producido algún acuerdo secreto que desconozcamos, el viaje a China del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, no parece que haya producido réditos económicos en las asimétricas relaciones comerciales entre los dos países. Eso sí, el mandatario español logró la foto con el poderosísimo líder de la todavía segunda superpotencia mundial, y Xi Jinping afianzó un poco más la percepción que los demás tienen de su creciente poder y de sus consiguientes posibilidades de llegar a convertirse en el líder mundial alternativo de Estados Unidos.  

La realidad es que España, además de muchos otros récords negativos, acumula con China el mayor déficit comercial de su cartera, precisamente gracias a un creciente intercambio de productos claramente asimétrico a favor de Pekín. Si en 2021 el déficit español respecto de China era de 26.000 millones de euros, en 2022 se disparó hasta los 41.000 millones, y a falta de confirmar las cifras del primer trimestre de 2023, los datos siguen apuntando en la misma dirección desequilibrada para España. 

Comparando con los volúmenes de los grandes de Europa, Alemania, Francia, Países Bajos e Italia, añadiendo incluso al Reino Unido posbrexit, acumulan casi el 90% de las exportaciones europeas a China, mientras que España ha de conformarse con apenas el 4%. Se suele argüir que las empresas españolas llegaron más tarde a China que sus homólogas europeas y hubieron de pagar el alto precio de la proteccionista burocracia china, pero todos hubieron de pasar por esas horcas caudinas, agudizadas o atemperadas según las discrepancias políticas de los diferentes momentos.

En las relaciones hispano-chinas el momento más delicado se produjo cuando, en base al principio de jurisdicción universal, jueces españoles ansiosos de gloria y fama mundial quisieron procesar a varios mandatarios chinos, entre ellos el expresidente Jiang Zemin, por la represión en el Tíbet. No sólo las empresas españolas en China sufrieron las consecuencias de aquel intento, sino que la Embajada china en Madrid amenazó al entonces jefe de la diplomacia española, José Manuel García Margallo, con ejecutar la cuantiosa deuda exterior española en sus manos. Una nueva ley, pactada entre Mariano Rajoy y el líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, deshizo el entuerto, culminado con una visita oficial a Pekín del presidente del Gobierno, que firmó entonces acuerdos por valor de más de 3.000 millones de euros. Sobre la Cancillería española planeó la sentencia que la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, manifestó cuando en Estados Unidos exigían sanciones penales parecidas a las que pretendían los tribunales españoles. “No es nunca buena idea atacar y querer encarcelar a tu banquero”, en alusión a la cuantiosa deuda que la superpotencia americana estaba en manos de China. 

Debilidad europea e indigencia española  

Por su parte, la Unión Europea exhibe también una acusada debilidad no solo con China sino también con los países que le suministran productos energéticos, verdadero talón de Aquiles del club europeo, que puede marcar su propio futuro tanto frente a Estados Unidos como frente a China.

También aquí las cifras de Eurostat son dramáticas: la balanza comercial del conjunto de la UE ha pasado de un superávit de 55.200 millones de euros en 2021 a un déficit de 431.200 millones en 2022. Mucho tiene que ver en ello la factura energética neta (exportaciones menos importaciones de productos energéticos), saldada con un déficit de 285.800 millones de euros en 2021, para pasar a otro de 653.600 millones en 2022. Y subiendo, porque el primer mes de 2023 ya acumula por sí solo otros 34.500 millones de déficit.  

Y, en fin, respecto de la incidencia que todo ello tiene en los ciudadanos de la UE, el impacto global es de un 0,5% menos de PIB. Obviamente, no todos los países lo sufren con la misma intensidad, especialmente en lo que respecta a los índices de riqueza-pobreza dentro de la propia UE.  

Es inquietante constatar que España es el único país del club cuyos habitantes tienen una renta per cápita menor ahora que en 2019: 24.590 euros, un 2,3% menos. Teniendo en cuenta los descomunales índices de inflación, resulta evidente que España está acelerando su empobrecimiento a pasos agigantados.  

Acostumbrados a mirar a Italia y Francia como nuestros principales rivales comunitarios, lo cierto es que tanto la Italia de Giorgia Meloni (27.860 euros) y la Francia de Enmanuel Macron (33.230) nos superan ampliamente tras haber rebasado los niveles de renta per cápita previos a la pandemia. Por encima se sitúan por orden ascendente Alemania (35.860), Bélgica (36.740), Países Bajos (43.310) y la siempre envidiada Dinamarca (51.370).  

España se ha descolgado asimismo no solo de la carrera por acercarse a los países de cabeza, sino que incluso los ciudadanos españoles tienen una renta per cápita un 15% menor que la media de los 27 países que componen actualmente la UE (28.810 euros), distancia que se ensancha un 23% si se compara con la Eurozona, o sea la UE/18, donde la media es de 31.830 euros.  

Como siempre sucede, no pasa nada o pasa poco mientras se sostiene el endeble castillo de naipes. El problema estalla cuando éste se derrumba con estrépito, la risa se torna en llanto y no pocos aducen que no estaban avisados.   

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