
En la década de los 80, el programa infantil de TVE “La bola de cristal” donde pululaban unos “electroduendes” encarnados entonces por personajes de la “movida” madrileña, titulaba una de sus secciones: “vamos a desenseñar a desaprender como se deshacen las cosas…”. El programa se mantuvo entre los años 1984/1988 con un sentido crítico hacia la educación infantil que fue premiado por el gobierno del PSOE de la época.
Por aquella época Alvin Toffler publicaba “La tercera ola” donde de una forma explícita se decía: “Los analfabetos del siglo XXI no serán los que no sepan leer y escribir, sino los que no sepan aprender, desaprender y volver a aprender”, si bien no estaba claro lo que debía mantenerse aprendido y lo que no merecía la pena conservar en su diagnóstico de la situación, donde el miedo se hace protagonista: “Tiemblan los bancos, la inflación se dispara incontrolada y los gobiernos del mundo quedan reducidos a la parálisis o a la imbecilidad dando tumbos de crisis en crisis, avanzando a bandazos en el futuro…”.
Frente a ello afirmaba: “…puede lograrse que la civilización que está surgiendo sea más sana, razonable y defendible, más decente y más democrática que ninguna que hayamos conocido jamás…” sin que de nuevo aclarase lo que significaba para él términos como “decencia” o “democracia” o si, por el contrario, eran cosas a “desaprender” desde su punto de vista pragmático de lo que es relevante para las personas y lo que no lo es.
El programa de TVE cuestionaba cosas como la obediencia infantil con ejemplos concretos: “si te dicen que te bañes, enciérrate en el cuarto de baño, abre todos los grifos y conviértelo en una piscina para jugar…” o enseñaba a “mantener un nivel decente de suciedad”. En definitiva, no actuar al dictado de quienes tenían la responsabilidad y la autoridad educativa: los padres. Pero iba a más, se trataba de cómo “como se deshacen las cosas”. La destrucción de lo existente, aunque no haya alternativa.
El sociólogo Juan Manuel Agulles —a quien ya me he referido en otras ocasiones— en su obra “La vida administrada. Sobre el naufragio social”, hace una disección metafórica sobre lo que podríamos denominar “nuevos tiempos” o, según sus palabras, “gran transformación”, donde “el sentido histórico que requería tener alguna noción de la libertad humana, ha sido barrido por el recurso a la mediación tecnológica”, preguntándose “¿Se parece en algo la vida a esta existencia administrada y monitorizada que los defensores del progreso nos preparan con esmero?, añadiendo que “una crítica desapasionada no será capaz de abordar el significado profundo de las pérdidas y los sacrificios que han tenido lugar en beneficio del Progreso”.
Tanto Toffler como Agulles contemplan el futuro de una forma diferente: el optimismo simple de Toffler en base a “desaprender” lo aprendido para lograr una sociedad mejor en los términos señalados, choca con el pesimismo razonado de Agulles que desconfía de los cantos de sirena que nos llevan a una opresión mayor de la vida, la libertad y la humanidad, donde “la culminación tecnológica, no ha derivado en una mayor libertad, autonomía y democracia, sino que sólo ha podido tener lugar mediante la supresión de las tres”.
Esa es la encrucijada a que se enfrentan las sociedades actuales: el olvido de lo aprendido, vivido y experimentado vitalmente como un proceso de enriquecimiento moral personal, sin que se vislumbre en el horizonte nada que haga pensar en alternativas que podamos conocer, evaluar y en su caso, aprender.
El simple planteamiento de “desaprender” o de olvidar lo que somos —y lo que seguiremos siendo a pesar de todo— constituye ya la forma de irnos destruyendo como sociedad y como personas. Este es el verdadero proceso de supuesta transformación social en que nos hallamos inmersos y que pocos, muy pocos, son capaces de reconocer y menos aún de denunciar. Mientras el “barco de los necios” (Agulles) continúa su singladura hacia ninguna parte, vamos dejando el mar regado de cadáveres que la locura y la soberbia de unos cuantos van provocando, arrojando incluso por la borda las provisiones que han servido para mantener vivos a la tripulación, a la busca de un “bienestar que nunca fue más que el sueño demencial de unos pocos seres humanos, organizados en torno a medios de destrucción y sometimiento…” (Agulles).
Nuestras vidas, nuestras sociedades, nuestros proyectos, nuestros sueños y nuestras realidades son el producto de una gradual transformación asimilable para la adaptación a las novedades de cada momento. Cuando se ha intentado forzar el proceso ha sido a costa de guerras, revoluciones, sufrimiento y un gran número de víctimas inocentes, que es lo que conocemos actualmente. Unos supuestos “iluminados” y fanáticos, con capacidad económica para influir sobre estados y gobiernos a través de unas densas redes sociales, están jugando a ser como dioses de un Olimpo imaginario, que buscan esa nueva humanidad donde precisamente hayan desaparecido (se hayan desaprendido) los rasgos que nos hacen humanos.
Aprender constantemente, discernir adecuadamente y decidir libremente, son los rasgos esenciales del “sapiens” con un cerebro que ningún artefacto podrá nunca igualar, pero sí destruir. Estamos en esa peligrosa deriva.
Muchas gracias por el comentario. Llevamos mucho tiempo de «desaprendizaje» de valores, principios y conocimiento. El problema es que nos han colado la pelota de una forma sutil hasta el punto de que, en que muchas personas con preparación, el gol ha sido espectacular.
Justo por aquel entonces comenzaba aquí en España el proceso «Gramsciano» de destrucción de cada uno de los nodos fundamentales de la sociedad. La familia estorbaba porque, como dijo Wolff en 1965 en «A critique of pure tolerance», mientras exista ese crisol del carácter serán vanos los esfuerzos educativos por alterarlo. A renglón seguido se destruyó la relación hombre mujer criminalizando al primero, el empresario no sometido ya había sido criminalizado, y hoy entre la Cultura WOKE y la CANCEL estamos asistiendo, como alelados incapaces de reaccionar, al entierro de la mejor civilización que ha existido durante 2700 años. La otra cultura con más de 2000 años es la china y con esa, de momento, no pueden.