Orgullo Gay: «A quién le importa…»

OG2018
Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Una vez más las fiestas del “Orgullo Gay” han mostrado la enorme potencia de un colectivo social, de carácter muy transversal y diverso, que cada vez más se viene afianzando en reivindicaciones genéricas más allá del simple tratamiento igualitario con el resto de las personas.

El mundo de la homosexualidad que “sale del armario” pese a las dificultades que supone su integración social, no deja de ser una especie de “mantra” que sirve para que —como siempre ocurre— unos cuantos avispados lo exploten para sí y para sus propios intereses, más allá de la connotación moral o ideológica que el movimiento tendría ante sí.

La diversidad de la especie humana y sus antecedentes evolutivos, son el caldo de cultivo en que se ha venido manteniendo la existencia de personas con distintas características sociales, que han convivido entre sí y se han adaptado a su naturaleza. Si nos remontamos sólo a la Prehistoria, podemos suponer la existencia de una genética diferenciada en individuos del mismo grupo o de la misma tribu. Los cromosomas y sus juegos han producido y producen caracteres que van a diferenciar siempre a unos de otros. No hay pues un “patrón” fijo, ni dos individuos que sean exactamente iguales, por lo que su papel social tampoco lo es.

En algunos casos, tales diferencias suponían situaciones de privilegio con el reconocimiento implícito de su “singularidad”: sacerdotes, cortesanos, adivinos, santones, sanadores, etc. En otros, por el contrario, se los trataba con rigor y eran rechazados, al considerarlos elementos antisociales. Vemos en todo ello que existe un trasfondo de “utilidad social”, según las circunstancias. Todas las culturas y civilizaciones los han tenido y cada una de ellas ha sopesado esa “utilidad” como premisa para designarles un “papel” en sus sociedades respectivas.

Conviene tener en cuenta todo ello para no caer en la ingenuidad —tan corriente en estos días— de que los movimientos sociales de estas características, son la “punta de lanza” de nada. Ni son innovadores, ni son progresistas, ni han descubierto nada nuevo. Son simplemente “útiles” a los modelos de sociedad diseñados por los poderes que rigen el mundo. Por eso los alientan y apoyan. En caso contrario, serían perseguidos y ridiculizados… La misma maquinaria de propaganda “goebbelsiana” del poder sirve para una cosa y la contraria. La cuestión es quién o quienes manejan los hilos, con qué intenciones y hasta qué punto estamos dispuestos a ser sus marionetas.

Volviendo a la fiesta madrileña que se ha consolidado ya como un atractivo o recurso de interés turístico para la capital de España (de nuevo la “utilidad” en la sombra) debemos partir de una cierta disección de lo que es y representan en unos y otros casos (siempre las diferencias personales) las “confluencias” tan transversales ideológicamente, alrededor de una fiesta más parecida a los carnavales en su esencia (cierta permisividad y descontrol), que a una verdadera reivindicación de derechos personales, profesionales o sociales. Su justificación ahora es la “visibilidad”, como si tal visibilidad debiera comportar un privilegio sobre todos los demás.

Las fiestas del “Orgullo Gay” tienen —como ya hemos dicho— una utilidad básica: la explotación del tema para unos y otros. Una fiesta de origen pagano y popular “organizada” desde las instituciones públicas, con pretendido carácter político (compra de votos desde los presupuestos), en base al beneficio económico que supone para Madrid y el turismo. Esa es la visión institucional.

Para los organizadores de la misma, es una forma más de mantener su propio proyecto de vida: asociaciones, sueldos y mamandurrias varias, al rebufo de supuestas inquietudes sociales. Las subvenciones son ríos en donde beber y pescar votos. Todo ello visto con cierta laxitud por las haciendas públicas (como en tantos otros casos), que sólo se preocuparán de seguir cebando el caudal con los impuestos a los ciudadanos.

En el caso de los participantes (que son la fiesta en sí) hay unos elementos comunes: los que confunden “libertad” con “permisividad” (siempre con la venia del poder) tal como se venía haciendo desde el comienzo de la Historia con las fiestas saturnales, dionisíacas, etc, etc… Una forma más de “otorgar” pasatiempo a cambio de olvidar los problemas reales, en forma similar a lo que ocurre con otras actividades de masas como el fútbol. En todos los casos se trata de ser o hacerse “visibles” por medio de atuendos más o menos atrevidos, estrambóticos o sugerentes y de adoptar actitudes que pretenden tener un cierto carácter de provocación sexual.

Están también los que simplemente se acercan a todo aquello que signifique “fiesta” sin que les importe el motivo de la misma. Unos por curiosidad, otros para presumir de haber estado allí, otros porque pasaban y les resulta entretenido, los más porque es una oportunidad de asistir a actuaciones y conciertos musicales, cuya aparente “gratuidad” (ya lo han pagado con sus impuestos), es una pequeña compensación institucional.

Las cifras, siempre polémicas, son las que al final justifican las subvenciones o el apoyo de estas manifestaciones. La cuenta de resultados es lo que importa: en dinero circulante gastado en turismo, restauración, copas, atuendos, viajes y “souvenires”; las relaciones personales conseguidas en encuentros efímeros y mantenidas por “whatsapps” para otros futuros; la exhibición personal arropada por la masa que nos hace creer “visibles” y la creencia de ser especiales por unas horas… pero, una vez más, el espectáculo, toca a su fin.

A las pocas horas, las luces coloristas se apagan, las músicas, los gritos y los cánticos, van dejando paso a la oscuridad institucional. Los tocados y atuendos de colores dan calor, apenas se ven en la penumbra y, por todas partes huele a sudor, orines, defecaciones apresuradas y vomitonas, que han regado el pavimento. En un portal un grupo de adolescentes se siente mal y no sabe cómo llegar a sus casas. En los bancos y rincones se acurrucan a pasar la noche quienes lloran desdichas sentimentales ahogadas en alcohol o drogas, mientras las lágrimas se llevan por delante la cosmética barata del momento. Ya en sus casas, otros se preguntan por el sentido real de todo ello (son los menos) y hasta qué punto merece la pena.

Llegan los camiones de limpieza y barren, riegan y friegan las calles, eliminando los restos de ese “orgullo gay” de efímera vida, pero… ¿a quien le importa? Ha servido de nuevo a los de siempre: a quienes viven de explotarlo.

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