Muerte en el paraíso

Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Tomo prestado este título del antropólogo americano Marvin Harris en su libro “Caníbales y reyes”, cuando ha transcurrido ya más de un mes de la muerte del misionero John Allen Chau de la congregación americana “All Nations Family”, en la pequeña isla de Sentinel Norte del archipiélago de las Andamán, precisamente por el carácter “paradisíaco” atribuido a la misma en la mayor parte de los reportajes periodísticos, para reflexionar un poco sobre lo ocurrido.

Las informaciones iniciales nos presentaron un territorio de acceso restringido por el gobierno indio que, al parecer y después de varios incidentes, decide mantener no sólo la protección al medio natural de la isla, sino a la parte más importante de la misma, sus habitantes (cuyo número se desconoce) y que —según se dice— permanecen estacionados en lo que podría ser una fase cultural (según los cánones de la Antropología) de cazadores-recolectores, contemporáneo con el mundo de tecnologías digitales del siglo XXI.

Es precisamente ese aislamiento y sus posibles motivaciones, lo que nos lleva a entender el carácter hostil de esta población a cualquier contacto con otros seres humanos (sobre todo blancos), a los que rechazan en forma agresiva. Se habla de respuesta a anteriores agresiones sufridas por parte de visitantes e incluso Marco Polo, hizo ya referencia a esta isla y sus habitantes, a los que calificó como contrarios a cualquier aproximación. Entre tales agresiones, la más importante, sería la infección por contagio de enfermedades inexistentes en el paraíso de la isla, como desgraciadamente ha ocurrido en el transcurso de la Historia en otros procesos de colonización.

Sabemos por sus restos que, los cazadores-recolectores de la Prehistoria, en una cierta medida eran sensibles a determinadas enfermedades, pero también parece que contaban con un enorme potencial para recuperarse de las mismas a partir de sus propias defensas. En esa línea podemos suponer que los indígenas habitantes de Sentinel Norte, quizás hayan conocido y sufrido con anterioridad, contagio de visitantes que no están dispuestos a repetir y por eso prefieren rechazar cualquier intento de contacto con ellos.

¿Quiénes son y de donde proceden estos habitantes del “paraíso”? ¿Han estado siempre aislados en un nicho ecológico que debe protegerse? ¿No han pasado nunca del estadio de cazadores-recolectores o lo han elegido ellos? Cuesta pensar en todo ello y en su supervivencia a través de decenas de miles de años desde la exigüidad de nuestros “tiempos modernos”.

Sus posibles orígenes se sitúan posiblemente en la llamada “cuna de la humanidad” (África), desde donde emigrarían hacia el continente asiático, según demuestran varios descubrimientos de homínidos “erectus” en lugares como Zhoukoudian al sureste de Pekín, Trinil en la isla de Java o más recientemente la isla de Flores (como hallazgos más conocidos), con antigüedades superiores al medio millón de años, que irían evolucionando y adaptándose al hábitat y al entorno de cada momento, mientras iban colonizando nuevos territorios. En el caso que nos ocupa, la isla podría haber sido habitada desde hace unos 50.000 años (según lo publicado en diversos medios de comunicación) y, en la actualidad, sus habitantes podrían considerarse parte del grupo racial de los “negritos”, tan extendido en la región del sudeste asiático y Oceanía (Papúa/Nueva Guinea), con grupos étnicos como los “Korowei”, los “Huli Wigmen”, los “Asaro” o los “Onge” y “Jarawa” de las propias Andamán, con poblaciones reducidas a miles de personas.

En algunos de estos grupos —como los “Asaro”— el color blanco está asociado con la muerte y, de hecho, se cubren de blanco para espantar a sus enemigos, ya más en forma ritual que efectiva. ¿Podría estar relacionado en el caso de la isla Sentinel Norte con el rechazo al hombre blanco, al considerarlo asociado con la muerte? Dejamos el interrogante ahí que, como es lógico, nos llevaría a un largo debate.

Otra cuestión interesante de asociación cultural es el uso de armas parecidas, donde las flechas y el arco parecen similares en todos los casos (hay un hacha observada en una imagen de lo ocurrido en Sentinel Norte, que concuerda con otras de grupos citados de Papua/Nueva Guinea, y las que suponemos conocer en la etapa del Mesolítico) si bien todo ello estaría basado en el día de hoy en meras apariencias y conjeturas). Con ellas parecen capaces de construir piraguas, lo que implicaría una cierta habilidad tecnológica, aparte de conocer otras naves y embarcaciones que pasaran por la zona (hay un carguero naufragado al lado de la isla).

La isla Sentinel Norte no presenta en su imagen geográfica digital ningún tipo de estructuras que permitan suponer la existencia de poblados (cabañas, chozas, corrales, etc.) o grupos de indígenas, por lo que el censo que se le atribuye es incierto y no pasaría de unos quinientos habitantes en su totalidad (aunque podrían ser bastante menos). Esto supondría un posible peligro de extinción y, por ello, la necesidad de estar protegida. No obstante, en la citada imagen puede observarse en su parte norte una forma trapezoidal en el suelo que, por su regularidad, podría tratarse de una antigua roturación con objeto indeterminado hoy.

Con estos antecedentes, nos atrevemos a comprender el sentimiento de hostilidad mostrado hacia todo tipo de visitantes. Un rechazo apoyado por la propia guardia de costas y los servicios de Medio Ambiente de la India es algo que no debía ignorarse. Se trata de uno de los escasos grupos humanos que permanecen en su aislamiento, condenados a extinguirse en el mismo, como ha ocurrido con muchos de los “relictos” o “nichos ecológicos” que se conocen.  Ese es el drama de los “sentinelenses”: aceptar los contactos y enfermar o morir en su mundo sin contaminar cuando les llegue la hora. Creo que han elegido esto último.

No obstante, las últimas noticias apuntan al deseo de rescate del cadáver del joven misionero e incluso, la propia congregación a la que pertenecía pretende establecer una acción judicial contra los indígenas que provocaron su muerte. Unas muestras más del despropósito en que nos movemos en nuestro mundo civilizado.

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