
La televisión es un medio de condicionamiento y control psicológico como nunca se ha soñado.
Theodor Adorno (1903-1969)
Esta frase del filósofo alemán de origen judío Theodor Adorno, representante de la llamada Escuela de Frankfurt, sólo puede tener una respuesta: “Apagar la televisión y encender el cerebro”. Dicho de otra forma, tener la capacidad de discernir lo que se nos emite cada día y compararlo con la realidad que se nos oculta.
Hace unos días, en unas de esas efemérides artificiales creadas por la ONU, parece que tocaba el “día de la televisión”, también llamada la “caja tonta” desde la que se suministra a diario, durante 24 horas cada día, a través de diversos canales, un conjunto de programas con el inocente objetivo de distraernos, entretenernos e informarnos.
Sin ninguna duda es el medio de comunicación más efectivo, incluso por encima de las redes sociales y, por ello, es el mejor medio de propaganda de cualquier tipo. En las sociedades actuales se le reserva un lugar privilegiado en las viviendas a modo de altar fetichista, en el que sólo faltan las ofrendas y las oraciones en el nuevo mundo del “minimalismo”.
Sucedió en su momento con la radio que constituía en momentos claves la forma más rápida y efectiva de transmitir noticias, publicidad y cultura a millones de oyentes, compitiendo con la prensa escrita y teniendo sus propias “estrellas” cuyas palabras eran recogidas con veneración y respeto por sus “fans”.
Inmediatamente la comunicación pasó a considerarse como un poder más fuerte que los propios gobiernos, ya que la persuasión de las palabras y las imágenes, suponían la adhesión casi incondicional de muchos millones de radioyentes y telespectadores de cualquier clase social. Y eso valía mucho dinero, hasta el punto de que despertó la codicia profesional y especulativa de quienes vieron en ambos medios la posibilidad de ir más allá: modelar las mentes y las conciencias de los ciudadanos a través de los mensajes verbales, pero también de imágenes específicas.
Una de estas organizaciones es The Tavistock Institute (TIHR) una organización sin ánimo de lucro “que aplica las ciencias sociales a cuestiones y problemas contemporáneos” y que desde su fundación en 1947, tras la 2ª G.M. trabajó con la Escuela de Frankfurt (Instituto de Investigación Social) introductora del llamado “·marxismo cultural” que, desde su sede en Nueva York y a través de la Universidad de Princeton, llevaron a cabo experimentos en esta línea, siguiendo los modelos de propaganda nazi, con la financiación de la fundación Rockefeller.
Tales especialistas en ingeniería social, defienden que la sociedad puede someterse a un proceso de progresiva debilidad, a través de situaciones de crisis de cualquier tipo, minando para ello toda la arquitectura social construida por miles de años de civilización. “Ahora sólo nos falta una crisis adecuada para que las naciones acepten el nuevo orden mundial” según David Rockefeller. Es preciso un experimento donde se cuestione desde las bases biológicas de los géneros de la especie humana, hasta los cimientos de su organización familiar y su bienestar económico o sus raíces nacionales.
“Con la televisión se consiguió crear una cultura de masas homogénea, para controlar y conformar la opinión pública y crear un pensamiento único”. Estas palabras de la periodista y escritora Magdalena del Amo en un magnífico artículo (“El Diestro”.- 15/11/2020), nos llevan de nuevo al mundo distópico (pero ya real) de Orwell, Bradbury o Huxley, donde la premisa esencial es la obediencia acrítica del poder a través de la televisión como medio común y único de transmisión de información. Recordamos en “Farenheith 451” esa escena doméstica donde el único mobiliario de un hogar convencional es el aparato de televisión y el sillón frente a él, tras haberse quemado todo resto de pensamiento, opinión o historia anteriores o el control a través de la policía del pensamiento “orwelliana” de cualquier disidencia con el poder.
Así vemos cómo a lo largo del siglo XX y sobre todo a partir del final de la 2ª G.M. el uso de la radio y la televisión como herramientas de propaganda política o ideológica, se pondría al servicio de una “guerra cultural” y sus “popes”, sustituyendo los modelos artísticos por otros artificiales, creados por instancias políticas de dominio social sobre las masas. El propio Adorno se apoya en la música atonal de Schoenberg de principios del siglo XX, para aplicar su escala de sonidos: “Esta nueva forma de música contribuyó a infligir en la mente una ruptura subliminal con los vínculos culturales, familiares y religiosos….” dice la autora citada que añade el encargo a Adorno de “programar una cultura musical de masas, como una forma de control social mediante la progresiva degradación de sus consumidores” refiriéndose a la música “rock”.
Otro tanto podíamos decir sobre el resto de manifestaciones culturales que hemos venido conociendo. Con los variados “ismos” en las artes plásticas, con la destrucción de la armonía musical o de la arquitectura literaria, con la imposición de modas indumentarias y formas de vida o alimentación banales (cuando no perjudiciales), con la eliminación de la calidad (y su sustitución por la cantidad) o de valores y principios morales de origen natural sustituidos con todo tipo de “ocurrencias” con pretendido rango jurídico. En todo ello la televisión ha sido el arma de “intrusión masiva” en la vida de las gentes para orientarlas, adoctrinarlas y crear supuestos valores nuevos en unas sociedades ya previamente debilitadas y sometidas a control.
La concentración de medios y cadenas ha dado lugar además a oligopolios mantenidos por los poderes políticos que, como nueva prensa del “movimiento”, en España han sustituido el antiguo “NO-DO” por las cadenas afines y por las cabeceras de prensa subvencionadas, todas ellas funcionando como correas de transmisión de los gobiernos respectivos, creando nuevos ídolos mediáticos artificiales e imbuyendo en las mentes y conciencias los mensajes, nuevos dogmas, ritos y liturgias de adoración tan artificiales como todo lo demás.
Lo que hemos estado viviendo en estos últimos años confirma tales servidumbres y cómo se han subvertido los objetivos de una prensa libre, de unos medios independientes y de unos profesionales críticos con el poder (de cualquier tipo), a través de su colonización económica. La televisión no está ya al servicio de los ciudadanos, sino que es se ha puesto claramente al servicio del poder mundial, del capitalismo salvaje.