
Alguien dijo hace unos días que había que frenar la publicidad agobiante que empuja a los españoles a enfrascarse en juegos de azar. Alguien próximo al Estado y sus poderes.
Pues no, el efecto de esta advertencia ha sido totalmente el contrario. La televisión, con el comienzo de la Liga de fútbol, se ha disparado hasta un bombardeo constante, la lluvia tipo sirimiri de antes se ha convertido en un aguacero con inundaciones. Eso sí, con la coletilla ridícula de «juega con responsabilidad». Eso, con responsabilidad, ¡PERO JUEGA, JUEGA, JUEGA, JUEGA!
Y las casas de apuestas, que no sabemos si son españolas o tailandesas o suecas, pero que probablemente son movidas por los grandes centros financieros internacionales, se están cebando con nuestro país, o quizá con todos los países. Mejor dicho, con los pobres y desheredados de la fortuna de todos los países, y los ciudadanos de corte tercermundista que se liberan por su pobreza de pagar impuestos, están cubriendo con sus apuestas una buena parte de los ingresos de la Tesorería del Estado español y de todos los estados, y la fuga de capitales y pagos al fisco de las grandes fortunas.
Y si no díganme ustedes con qué cubre la Tesorería de USA el fraude fiscal multimillonario de un tal Donald Trump, y con qué ingresos se cubren los 22.000 millones que dicen que se han evaporado con la operación famosa de Rodrigo Rato y sus compañeros mártires y la sentencia de la Audiencia Nacional que les ha absuelto a todos los 33 acusados.
Lo malo no es ser pobre y estar encerrado en el Tercer Mundo, lo malo es que te echan las culpas de todos los fraudes y de todos los errores de los que saben mucho de economía.
Quizá demasiado…