
El título corresponde a la productora de series televisivas españolas que más audiencia presenta, pero podría aplicarse también al mundo de la política y de la sociedad actual, empeñados en crear ficciones como si fueran realidades.
Un libro reciente del experto en comunicación audiovisual Luis María Ferrández con el título “La fuerza del relato. Como se construye el discurso ideológico en la batalla cultural” (Ed. Sekotia), finaliza con una gran frase: “Contar una historia es algo necesario, contar una buena historia es algo extraordinario, pero contar la verdad es algo imprescindible”.
Los relatos, cuentos e historias de todo tipo, han estado desde el origen de la hominización como parte de la comunicación y entretenimiento necesarios entre los grupos humanos del Paleolítico. Las pinturas y representaciones rupestres así lo atestiguan con sus figuras y escenas narrativas. Tales formas de comunicación fueron cambiando de forma a medida que las sociedades se hacían más complejas o tenían más medios para producirlas. De las formas verbales directas, se pasó a la imprenta de Gütemberg; de ésta a las telecomunicaciones (radio y televisión) para llegar a las redes y plataformas de internet.
La potencia de los mensajes tenía que ver con la difusión de los mismos. No era igual un simple intercambio puntual verbal, que la difusión industrial por medio de maquinaria que podía reproducirlos en tiradas de miles o millones de ejemplares, lo que no pasó desapercibido para el mundo del poder que intentó siempre controlar la información y ponerla a su servicio. Ya hemos referencia a la obra “Propaganda” del publicista americano Edward Bernays, verdadero manual del totalitarismo, apostando por la forma de controlar la información y el relato, poniéndolos al servicio de una causa cualquiera.
Cuando la información real fue tiñéndose de ficción, apareció la propaganda publicitaria basada ya en la “Psicología de las masas” (Gustave Le Bon), y las nuevas teorías del psicoanálisis sobre la posible manipulación de las mentes a través de la comunicación y de la producción de emociones por medio del relato, cuento e incluso historias adaptadas a intereses particulares: “cuando la información pasó a ser un negocio, la verdad dejó de ser importante” decía el polaco Ryszard Kapuscinski porque la ficción vino a sustituir a la realidad en manos de los poderes mundiales, sobre todo desde los siglos anteriores.
A las ficciones puntuales contadas con medios verbales o simples, sucedieron las posibilidades de difundirlas por medios industriales: prensa, radio y TV pero, además venían siendo parte del mundo de la escena y del entretenimiento que apelaban a las emociones: tragedias, dramas, comedias… Todos los géneros se encargaban de transmitir mensajes que provocaran reacciones emocionales en el público, al igual que lo podían hacer las diferentes religiones a través de sus temas propios, buscando una identificación social o personal en la gente. Y el mundo se llenó de cuentos o historias donde había que discernir lo que era realidad de lo que era ficción. Para eso se necesitaba mentes cultas, pero era también algo intuitivo (salvo que las mentiras se consagrasen oficialmente por medio de un bombardeo continuo).
Para eso llegó el mundo audiovisual y, sobre todo, la TV por su gran impacto emocional desde el mensaje directo y las imágenes: “una imagen vale más que mil palabras” que, en realidad provenía de: mil palabras no dejan la misma impresión profunda que una sola acción” (Henrik Ibsen). El poder de la imagen no era nuevo (como ya hemos señalado) y la Historia está llena de representaciones mágicas o religiosas que cubrían su función de mensajes, tanto en un soporte com otro. La cuestión era (y es) su impacto emocional en las personas para buscar respuestas determinadas. Y eso ocurrió con el cine y la televisión. El primero contaba historias de ficción creadas por la literatura y los guionistas. La segunda competía con la prensa y la radio en información (o supuesta información) y su capacidad de influencia social. “Ciudadano Kane” es quizás el paradigma más conocido o “Primera plana” donde la información es manipulada para lograr los efectos pretendidos.
Las imágenes aumentaron la fuerza del mensaje y, para ello, ya no se necesitaban historias reales, sino personas (actores o presentadores) con una capacidad de influir en las audiencias por sus dotes de comunicación o su simple aspecto personal. Ya no se trataba de ver una determinada película o un programa, sino que se precisaba contar con la empatía del público, lo que nos llevó al mundo de las “estrellas”. Unas reales por su talento y cualidades. Otras creadas artificialmente al gusto del momento. En todos los casos se producía una identificación personal con el mensaje, relato, cuento o historia que se trasmitía. Y ese mensaje no era inocente. Ni siquiera real. Estaba bien pagado.
Su recepción, tanto si era agradable o pretendía crear paranoias de miedo, funcionaba. La ingeniería social había demostrado las reacciones humanas tan fácilmente manipulables que… ¿quien no iba a sentirse atraído por ese tablero de juego mundial? Muchos se creyeron dioses por su gran poder político o económico y lo volcaron en poner a su servicio el mundo de la comunicación. El llamado cuarto poder capaz de derribar gobiernos, políticos e instituciones o mantenerlos a su servicio como obedientes cipayos. La geopolítica, las relaciones internacionales, las guerras y los conflictos estaban en sus manos de acuerdo con sus intereses. La sociedad les pertenecía a conveniencia y la han utilizado siempre en provecho personal.
Y llegaron finalmente las llamadas “redes sociales” (una definición muy ajustada a la realidad, ya que son el complemento de la gran “factoría de ficción”) donde se mezcla de todo: espectáculo y pasatiempo, información real y desinformación, supuestas verdades con “fantasías” distópicas, estafas y delitos con discursos buenistas, difusión de constructos artificiosos, controles policiales pero también corporativos…. Un caos al que se unen incluso decisiones políticas, causas judiciales, administraciones públicas, propaganda de uno u otro tipo que provocan diferentes reacciones y “tendencias”. Donde un discernimiento sensato, real se enfrenta al mundo de ficción que los poderes del mundo controlan y utilizan a su antojo. Además nos hacen comprar los dispositivos necesarios para ello.
En todo caso, como decía Jean Cocteau: “no se debe confundir la verdad con la opinión de la mayoría”. Sobre todo cuando esas mayorías prefieren mantenerse engañadas o están compradas.