El sentido de lo gregario: el rebaño

El sentido de lo gregario: el rebaño
Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

La Etología es una rama de la Biología que estudia el comportamiento del mundo animal en sus medios naturales, incluyendo también los comportamientos humanos desde la Psicología, la Antropología o la Sociología. La especie humana presenta además comportamientos atávicos, de origen genético y cultural, que la mantienen en conductas regresivas o actos donde la razón es superada por el instinto.

Una de estas conductas atávicas o regresivas es el sentido gregario social que ha creado estereotipos ligados a la supervivencia y a temores con más o menos fundamento —como ocurre con los cardúmenes de sardinas, los rebaños de ungulados o las bandadas de pájaros— al suponer que esa unión produce efectos defensivos frente a los peligros del entorno.

Hace ya años, escribí un relato para mi hija titulado “El ñu rebelde” basado en la vida de estos animales, congregados en grandes cantidades en rebaños cuyo único sentido repetitivo y absurdo era mantenerse unidos y dejar en manos de la suerte el destino que les tocara. En esa narración destacaba la figura del joven ñu que empieza cuestionarse todo: el por qué todos van en la misma dirección, por qué van apretados unos con otros alimentándose de los pastos pisados por sus compañeros, quienes son los conductores del rebaño y por qué los siguen hasta acabar muchos de ellos en las fauces de los cocodrilos del río Mara. Empezó a darse cuenta de todo ello y procuró salir del rebaño a pesar de la fuerza que todos sus compañeros ejercían sobre él, para encontrar mejores pastos y un destino diferente a la muerte horrible en el río. Era en el lenguaje actual un “negacionista”, un hereje que cuestionaba las conductas atávicas o regresivas y ponía en peligro las “verdades” ancestrales. Era el joven David contra el gigantesco Goliath del rebaño.

Es conveniente distinguir que el concepto “rebaño” parece estar orientado a aquellos que en la pirámide están llamados a ser el alimento de predadores, mientras que el concepto “manada” parece prestarse más al conjunto de tales predadores actuando de forma coordinada para alimentarse del rebaño. El equilibrio natural entre unos y otros constituye el orden natural de la vida y del medio en que se desenvuelve.

La especie humana cuya evolución todavía está llena de interrogantes, presenta los atavismos que se identifican con la mayor parte del mundo animal: instinto reproductivo entre machos y hembras, formación de parejas (temporales o permanentes) a estos efectos, aprendizaje en función del papel que les toca (predadores o víctimas) y sentido social o gregario en su forma de vida para obtener una falsa seguridad. Como en el mundo animal, hay especies solitarias, independientes, que han evolucionado hacia conductas que son diferentes a las de los demás, que se consideran seres “asociales”, que cuestionan la jerarquía impuesta y que diseñan sus propias formas de vivir, de pensar y de opinar. Para ellos, las sucesivas formas de civilización han creado normas gregarias necesarias para la convivencia, pero también muy útiles para mantener los atavismos colectivos.

La Etología Humana muestra cómo las teorías clásicas de la evolución de las especies (supervivencia de los más fuertes, adaptación a las condiciones impuestas en la sociedad y sentido de lo gregario) se encuentran entre nosotros, creando una uniformidad de comportamientos de rebaño, donde hay jerarquía en los dirigentes, conductas reguladas por los mismos, control de los diferentes e incluso castigo de los “herejes”, todo ello amparado en disciplinas llamadas “sociales” que presten cobertura a lo establecido.

De esta forma los comportamientos colectivos son conformados con arreglo a los intereses de quienes se consideran en la escala superiores a los demás. El llamado “darwinismo social”, justifica conductas y comportamientos en las elites que viven de una superioridad ficticia o creada artificialmente, como nuevos dioses de religiones dogmáticas plagadas de sombras chinescas en la caverna de Platón, que sirven para distraer a ignorantes, manipular sus pensamientos y opiniones, orientándolas hacia lo más conveniente para los predadores.

Lo gregario natural en las familias o afinidades, se pierde inexorablemente entre confusión de ideas, teorías y pseudociencias. La naturaleza humana se rinde ante los cada vez más complejos artefactos, empobreciendo e impidiendo el criterio, la objetividad, el discernimiento y la racionalidad. El medio ambiente queda a expensas de intereses económicos en su explotación, basado en mentiras o en ocultaciones de la realidad natural. La diversidad humana enriquecedora, se trastoca en uniformidad hábilmente conformada para su mejor control social. Las grandes conquistas sociales o científicas quedan pervertidas y al servicio de intereses particulares. Se plantean como dogmas a los que reverenciar, teorías peregrinas con nombres rimbombantes mientras se persigue el conocimiento, la sinceridad (esa “verdad” que nos hace libres), las conductas éticas, honestas y comprometidas que son un contraste con la desinformación interesada, la manipulación mediática o las dignidades vendidas.

El rebaño debe avanzar hacia su inexorable destino. En este caso con esos extraños collares y artefactos de control que monitorizan, ahogan o pervierten y que, en la especie humana, han empezado a cuestionar la propia “humanidad”.

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