Aplausos y cacerolas

Aplausos y cacerolas
Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

A mediados de marzo, cuando aún no se había declarado el estado de alarma en España, los medios de comunicación informaban de la forma en que el pueblo italiano agradecía al personal sanitario su trabajo, en forma de aplausos desde los balcones del confinamiento. Algo más tarde, se asumió en España la misma forma de agradecer al personal sanitario español su dedicación a la lucha contra el coronavirus, manteniéndose hasta estos momentos. 

Quién y cómo se organizan estas cosas siempre resulta cuestionable. ¿Es una sola persona quien tuvo la primera iniciativa del aplauso a las 20,00 horas de cada día o han sido colectivos sociales más o menos organizados? Sea cual fuere la respuesta parece que el motivo de esta espontánea manifestación de miles de personas está dirigido a quienes están haciendo un esfuerzo en el mundo de la Sanidad para, sin medios adecuados, expuestos a contagios por ello y sin medir jornadas de trabajo, vienen atendiendo a los afectados diciendo que “menos aplausos y más material de protección”. Y tienen razón.  

Simultáneamente, y por esa gestión chapucera de los responsables públicos, se empezaron a oír otras manifestaciones en forma de “caceroladas” a la misma hora, junto con pitidos y trompetas en los mismos balcones o en balcones vecinos, con lo que se ha ido creando una cierta confusión en la forma que se están expresando unos y otros, pareciendo que los útiles de cocina pretenden contrarrestar lo que se ha empezado a interpretar con los aplausos como extensivos al gobierno (lo que nos llevaría a pensar si es otra de las maniobras de propaganda surgidas de los “gurúes” gubernamentales que, de esto, saben mucho). 

Lo cierto es que cada día el tiempo de aplausos se reduce y, en todo caso, viene a servir para visualizar a los vecinos, tener con ellos alguna charla sin más trascendencia y no entrar en cuestiones políticas. Se hace evidente con ello que, entre la gente normal, se mantiene el respeto y la discreción personal, aunque las tendencias ideológicas (si las hay) difieran a la hora de votar. Una cosa es reconocerse como sociedad ante unas situaciones que alcanzan (o pueden alcanzar) a todos por igual, donde las respuestas son comunes desde la sensatez o el sentido común, y otra la contaminación que, en determinados sectores, pueda producir el clientelismo político engrasado desde fondos públicos o el simple dogmatismo intransigente de la pertenencia a una religión ideológica. 

Las calles en su atronadora soledad están llenas de propaganda pública sobre la crisis sanitaria. Un nicho de mercado donde confluyen intereses económicos y de donde salen fondos públicos. Asimismo, los medios de comunicación y determinadas cadenas de televisión han recibidos fondos compensatorios por la publicidad sobre el tema (lo que de paso los deja en manos de quien los entrega, no en manos del conjunto de ciudadanos que hacen posible con sus impuestos tales gastos públicos), provocando unas informaciones acríticas o muy tibias, cuando no una tergiversación del papel del mundo de la comunicación frente al poder. Otra cuestión que se conoce bien desde esos programas de tertulianos sabiamente elegidos y dosificados para conseguir el resultado requerido y donde abundan más los aplausos que las cacerolas. 

Aplausos y cacerolas que quedarán en la pequeña historia que cada uno se llevará en su mochila de experiencias vitales. En unos casos como testimonio de un tiempo en que la libertad de expresión era cuestionada, para imponer una verdad oficial. En otros, como recuerdo de una pandemia que azotó al mundo civilizado en su soberbia tecnológica, llevándose por delante miles de vidas inocentes, de cuya muerte se exigirán (o no) las oportunas responsabilidades, sirviendo tal circunstancia para medir la madurez democrática real de nuestras sociedades y, en consecuencia, de nuestros sistemas políticos. 

Cuando termino de escribir la calma ha vuelto a las calles. Sólo se oyen los ladridos de los perros paseados por sus propietarios. Los balcones permanecen abiertos algunos, otros han vuelto a cerrar los postigos para aislarse una vez más del mundo exterior y entregarse de nuevo al relato oficial de cada día donde no se oirán nunca las cacerolas, sólo el cansino parte sobre ese enemigo que acecha y del que debemos prevenirnos porque, parafraseando a la Sra. Calvo: nos va en ello la vida y la libertad.

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