
Esto del coronavirus es muy pero que muy polivalente. A lo mejor te pone en riesgo la existencia, a lo mejor espabila a los doctores y entre todos descubren cada uno en su propio país una vacuna para el coronavirus Covid-19 en tantas variedades como países tiene el mundo, a lo mejor nos han proporcionado la oportunidad de dialogar entre nosotros todos de balcón a balcón, de barco a barco, de wc a wc, de tierra a luna, y a Mercurio, Júpiter, y al Lucero del alba.
A lo mejor nos brinda la oportunidad de cambiar de ollas, tapaderas y otros menajes de cocina… Perdón, perdón, se me olvidaba que hace unos años reconocimos al Borbón como monarca y a España como monarquía, excepto algunos descontentos nostálgicos de los tiempos de Manuel de Falla, García Lorca, Manuel Azaña y aquel país que vivía por primera vez (¿o segunda?). una experiencia democrática sin pucherazos.
El caso es que ayer miércoles, día sin fallas de Valencia, me dio por salir a la ventana, pero se me pasó la hora del grito, las ocho de la noche, me tendrán ustedes que perdonar, así que a la cita de las 21 horas ya estaba esperando con las dos tapaderas preparadas, y las agité con ritmo, con ruido, con nombres como Borbón y Corinna… La calle no era calle, era la sala de estar de todos los vecinos y de casi todo el barrio. El pueblo entero era un concierto de instrumentos de percusión…
Y la luna desde el cielo, y la Osa Mayor y la Menor, Orión, Venus, rebotaban el concierto de los pueblos ibéricos que llegaba a todos los rincones del mundo. Como antes habían rebotado los aplausos en llamas de tantas manos limpias con toda la limpieza que requiere estos días el dichoso coronavirus doble que nos azota, el uno con tantos siglos de viejo como «los borbones» y el otro desde anteayer o anteanteayer a la madrugada.