
Mi amigo Juanjo, bróker él, destacado en su promoción de Económicas, además de máster y doctorado en unos no sé qué de esos parecidos, estaba como loco pues se había ligado a una mujer 20 años menor. Hasta aquí nada raro, en la historia de la Humanidad. Sólo que Juanjo quería rendir como cuando teníamos también 20 y fuimos el terror de cuanto ligue despistado cayó bajo nuestro dominio.
Juanjo se está divorciando en estos momentos. Los buenos duros que tiene, representados en propiedades y efectivo, hacen de su transitoria esposa un águila que quiere hasta el último real. Hasta aquí tampoco nada raro, también en la Historia de esto que llamamos Humanidad.
Pero a Juanjo, la verdad, esto no le quita el sueño. Lo que más le angustia es el asunto del cumplimiento erótico, no sea que Yésica lo considere ejemplar de poco peso ibérico, y lo deje por otro. Y es que mi amigo come mal, duerme peor, la poca agua que bebe es la que le cabe al whisky, aunque compensa la falta de líquido con los vermuts y vinos gran reserva con los que nos homenajeamos a menudo.
Yo no hallaba cómo consolarlo, hasta que di con la consolación. Hacía poco me habían presentado a Esther Anzola, ingeniera industrial, pero directora de una clínica de antiaging.
—¿Anti qué, perdona?
—Anti edad.
—O sea que te vuelven a convertir en guapo y joven.
—No tanto —aseveró Esther, con ese aplomo de ingeniera que a los periodistas metidos a poetas les infunde una mezcla de dureza y ternura al mismo tiempo.
—Es un centro para la recuperación de hormonas que se han ido perdiendo con el paso del tiempo.

Y es que Esther Anzola había pasado gran parte de su vida profesional en el sector de las telecomunicaciones, hasta que le encargan investigar en Estados Unidos una técnica desconocida hasta el momento en España y en el resto de Europa. Corría el año 2011. Con el aprendizaje en la maleta volvió a Madrid en 2012 y se puso al frente de una clínica en la cual te inoculan, con diversas técnicas, las hormonas bioidénticas que convencieron de inmediato a mi amigo Juanjo a ponerse en manos de los profesionales dirigidos por Anzola.
—¿Bio… qué? —me preguntó Juanjo, con la misma expresión angustiada con que yo se lo había preguntado a Esther semanas antes. Intenté explicárselo a mi amigo:
—Las bioidénticas son unas hormonas extraídas de plantas. Por lo tanto, tienen idéntica estructura bioquímica y molecular que las que poseemos los humanos. Al no ser nada sintético, sino procedente de otros seres vivos, el perjuicio en nuestro organismo es prácticamente inexistente. Generan las hormonas perdidas por el paso del tiempo, convirtiéndose en nuevas mensajeras químicas que te reinstauran la testosterona, insulina o melatonina perdidas.
—¿Pero se metabolizan igual? —preguntó un ya interesado Juanjo. A lo que contesté que no lo sabía, así que volví a llamar a Esther y me aseguró que con las enzimas que tenemos es suficiente; me recordó el origen natural —vegetal— de las queridas bioidénticas. Sucede que son extraídas de plantas como la soja o el ñame (un familiar de la patata) proveniente de Centro y Sur América. También de otras especies que no recuerdo y, que la verdad, le traen sin cuidado a Juanjo, contento como está con el tratamiento a estas alturas.
Pero no sólo para ciertas angustias masculinas son útiles las flamantes bioidénticas. También para las mujeres; a partir de la menopausia, la producción hormonal baja, por lo que se necesita una compensación a fin de prevenir enfermedades como la diabetes, el mismísimo cáncer o las cardiovasculares.
Juanjo parece querer ir más allá y en su entusiasmo habla, a los muy íntimos, de la eficacia de estas feromonas. Pero a mí me pareció que eso era otra cosa; por lo que volví a llamar a Esther, a riesgo de caer pesado. Me dijo que las tales feromonas son proteínas que se producen en las glándulas sudoríparas, para desencadenar respuestas en los sujetos que nos rodean. Su estructura química es similar a las hormonas, pero van a provocar reacciones de agrado o rechazo; pero sin ser hormonas.
—Empollado te veo —me elogió un más que satisfecho Juanjo.
—Gracias a Esther Anzola.
No sé si someterme yo también a esta técnica llamada “Terapia de Reemplazo Hormonal Bioidéntica”, puesto que no hay ninguna Yésica en mi horizonte; ni, mucho menos, paso las angustias de un esclavo del Ibex-35, de Wall Street, del índice Nikey y otros templos financieros del ancho mundo. Me interesa más copiar la técnica de Esther Anzola para transitar de la ingeniería a la dirección empresarial; la que consiste en dedicar una pieza musical concreta para cada actividad que realiza. Aunque se confiesa consumidora de música de cámara, no tiene compositor preferido, pues a cada cosa la acompaña ya sea de una sinfonía, una sonata, un concierto o una obertura. Igual le ocurre con las lecturas. Tampoco se decanta por un autor concreto y sí por comer bien y hacer deporte para acabar de nivelar. Lo que más le interesa es que en España se popularice una técnica que proviene del mundo vegetal, del mismo que procede tanta comida. Que las bioidénticas sean tenidas en cuenta como una paella o un cocido; o por lo menos a mi lo parece así, a tenor de las conversaciones que sigo teniendo con Esther al respecto. Y con mi amigo Juanjo, por supuesto.
FOTO CABECERA: Neolife