
Allí estaban los señores a derecha e izquierda de su hombre-mascota, guardando la puerta de un supermercado y dispuestos a echar una mano a los clientes/as que entraban sus compras.
Pasé junto ellos, les saludé como convecinos: se les veía no muy bien alimentados, con ropas nada elegantes, y una higiene descuidada, mal calzados. Vamos, como a ricachones venidos a menos.
Me arriesgué a sugerirles que en Bilbao había comedores colectivos para señores y señoras a muy buen precio, e incluso gratuitos. Y me contestaron que sí pero que no se les permitía entrar con su mascota, y que no podían dejarlo solo en la calle expuesto a cualquier patada o mordisco por parte de un aristócrata desalmado.
Y que les era suficiente con mordisquear y pelar los huesos que les dejaba su mascota, antes que sufrir humillaciones y desplantes del servicio del restaurante gratuito y los otros comensales.
Llevaban la casa puesta: su manta, sus plásticos para combatir el frío de las noches, su bote para coger agua en las fuentes. Todo con el orgullo típico de señores de la más alta sociedad. Y con las más exquisitas atenciones para la servidumbre, que era la única mascota que los acompañaba.
Solteros me parecieron, a no ser que fuesen pareja gay, que también parece que proliferan entre la clase alta de los señores de la clase perruna.
Pero me dio pena, la fraternidad y convivencia entre animales y humanos ha terminado por crear una tercera especie de seres vivos incapaz de convivir con la especie humana y con la especie canina. Aquella mascota humana no podía acercarse a colectivos humanos, aquellos señores perros no podían convivir con otros perros, todo por guardarse fidelidad entre los unos y los otros. Ni de aceptar obsequios, ellos de otros señores perros, él de otros seres humanos.
Así que seguí mi camino, decidido a no inmiscuirme en los problemas de una especie de seres vivientes que ya no parece la mía, no sin antes presentarles mis respetos con una reverencia y una amplia sonrisa.