No es oro todo lo que reluce

¿Es Goya el autor de El Coloso?
Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Una reciente noticia desde Valencia, relacionada con la investigación acerca de unas obras atribuidas a un artista muerto con anterioridad, vuelve a poner el foco sobre lo que es o no es una obra de arte original, si se trata de una simple imitación sin ánimo de engaño, o si es una falsificación que se intenta pasar por  auténtica con ánimo fraudulento.

La vida de los artistas es limitada al igual que su producción, siendo imposible que el gran número de obras que pasan por ser originales, hayan sido producidas totalmente por ellos personalmente. Los “talleres” en el mundo del arte, donde han colaborado alumnos más o menos aventajados y otros artistas, debían atender una notable producción de encargos sobre “modelos” y diseños previos que se repetían sin ningún pudor. Encontrar la mano del “maestro” en ellas sigue siendo una labor ardua y sujeta a polémica y, en muchos casos, el nombre del titular del taller es la “marca” de fábrica que avala la obra.

Las obras se repetían y eran los propios artistas y sus talleres quienes se encargaban de tal repetición, lo que llevaba a dar una singularidad diferente en las realizadas de nuevo, que ha dado muchos quebraderos de cabeza a los investigadores a la hora de establecer autorías. De hecho estaríamos ante las primeras “series” en las producciones artísticas, aunque sin que se reconozcan como tales.

En otros casos, la admiración por determinada obra o artista, hacía posible que se copiaran ambas cosas. Así, de una versión nacida en el taller de un conocido maestro, surgían después otras similares o parecidas, hasta el punto de volver a crear confusión en las atribuciones posibles.

Cuando tales atribuciones se mezclaron con el mercado de arte, donde ya se apuntaban diferentes valoraciones para los artistas (según su situación más o menos cercana al poder), los precios o “cotizaciones” fueron marcando las obras, mucho más que el valor artístico de las mismas. Las obras no sólo eran objetos decorativos, sino una forma de inversión patrimonial que, como cualquier otra forma de mercado, había que mantener al alza.

Es a partir del siglo XIX cuando esta tendencia se acentúa, para llegar al siglo XX con una estructura propia. Se recupera la “singularidad” que acentúa y prima la cotización en unos casos y se recupera el “taller” con ayudantes que se encargan de ejecutar las obras por otros. Esto último permite la producción industrial (por numerosa) de obras de arte, que encuentran su canalización mercantil en el mundo institucional y en las galerías privadas, todo ello con el añadido de una industria de la reproducción de obras seriadas que multiplican el número de ellas producidas teóricamente por la misma “marca” o mano.

En el mundo del grabado o estampación las planchas originales permiten las tiradas de cientos de ejemplares identificados con un número y firmados por el autor, lo que da un cierto aire de autenticidad (que no singularidad) a cada uno de los ejemplares producidos. El problema es que, si las planchas no son luego destruidas, pueden ser objeto de tiradas incontroladas hasta su deterioro total, incluso más allá de la vida del artista, pasando los ejemplares correspondientes como “originales”.

Lo mismo podemos decir de los “vaciados” de esculturas. Cuando existen los moldes originales y no se han destruido una vez terminada la serie, se prestan a que se reutilicen una y otra vez e, incluso, con las técnicas actuales, puedan reproducirse las obras con ligeras variaciones en el tamaño original. Al final de todo ello está la honestidad del propio artista o de quienes al final heredan no sólo su patrimonio, sino también la posibilidad de utilizarlo o no, con fines más o menos fraudulentos, donde la intención de engaño o estafa con fines lucrativos, marca la diferencia.

Como existen numerosos casos conocidos en mayor o menor medida de prácticas de este tipo, que cuentan muchas veces con avales de historiadores de arte en la consabida forma de “certificados” (expedidos también desde la objetividad o la subjetividad de sus juicios o en función de la retribución que perciban por ellos), a las muchas obras dudosas se une normalmente una documentación de supuestos o reales “expertos” que garantizan “a su leal saber y entender” atribuciones y, lo más importante, posibles cotizaciones en el mercado, siendo finalmente más importantes sus opiniones que las propias obras.

El hecho es que el mundo del arte está invadido de certificados, avales, facturas e incluso valoraciones de aseguradoras, que pueden servir para documentar una obra, catalogarla y hacer posible su inclusión en muestras y exposiciones, donde el mundo institucional juega un gran papel. Muchos de los artistas más cotizados empezaron por ser tutelados de esta forma por el Estado, bien con la adquisición de sus obras (a veces con precios asombrosos), bien con mostrarlas en espacios expositivos, ferias y bienales o en museos públicos. Las colecciones privadas son también vías que actúan al rebufo de lo institucional y contribuyen a la divinización de lo artístico.

¿Que es lo que nos encontramos con este panorama? Retomando el caso aludido en principio (que —según lo publicado— viene instruyéndose en un juzgado de Valencia), estaríamos ante una situación comprometida que ha sido objeto de denuncia por parte de la Generalitat Valenciana y la Fiscalía del Estado, donde se dan todos los ingredientes descritos: obras reproducidas tras la muerte del artista por sus herederos, certificados de autenticidad de las mismas, expertos y comisarios de exposiciones que con buena fe (se supone) quedan enredados en la trama, o marchantes que han buscado la promoción institucional de las obras.

El  mundo del arte también tiene sus posibles vías de corrupción y no es difícil caer en ellas; sobre todo cuando se ocupan puestos o cargos de prestigio que, como en la corrupción política, parecen quedar siempre inmunes a cualquier sospecha. Nombres importantes de coleccionistas, marchantes, historiadores, galeristas y subastadores, saltan de vez en cuando a la actualidad judicial para responder de acusaciones sobre supuestas operaciones fraudulentas donde no es oro todo lo que reluce. O quizás hemos sobreestimado por puro interés comercial o codicia personal cualquier cosa que nos han dicho que reluce.

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