Cómo lee Rioja a los Nobel españoles

Cómo lee Rioja a los Nobel españoles
Serralaitz
Por
— P U B L I C I D A D —

Por estas fechas de octubre y de vendimias riojanas, allá por 2012, la Dinastía Vivanco celebraba las III Jornadas Nacionales de Poesía y Vino que fueron inauguradas por un sobrino de Pablo Neruda siempre en la línea de la Universidad de la Rioja, que viene homenajeando a los escritores españoles con Premio Nobel.

Con doce Premios Nobel, si sumamos al portugués Saramago, la literatura española aparece en cuarto lugar detrás de Inglaterra, Alemania y Francia en la lista de Premios Nobel de Literatura. No en vano es un idioma hablado por 559 millones de personas, el 6’7% de la población mundial.

El bloque más compacto de los premios Nobel se configura en torno a la Edad de Plata de la Literatura española, dicho de otra manera, la Generación de 1927, al albur de la movida democrático-revolucionaria que dio a luz a la Segunda República española de 1931 a 1936, y testimonia en su desarrollo la condición familiar que unía a las letras castellanas de ambos lados del Atlántico.

Solo hay una mujer entre los doce Nobeles, clara señal de machismo que dominaba la cultura de aquellos años. Pero curiosamente, el impulso que lanza a esa Generación del 27 tiene nombre de mujer, la riojana de San Millán de la Cogolla María de la O Lejárraga, que dio alas y lanzó desde su retiro a los Manuel de Falla, Turina, Marquina, hermanos Quintero, Arniches, y por encima de todos ellos a su marido y empresario teatral Gregorio Martínez Sierra, que se apropió la autoría de las obra de teatro de su mujer, y de Juan Ramón Jiménez, que tuvo la elegancia de dedicarle estos versos:

María tres veces amapola María
agua y lira tres veces, la que llevó al poeta
como un niño a través de estos parques de llanto
tendrá una rosa o un oro en vez de aquel violeta
del corazón florido que la quiso tanto.

Dejemos de lado la labor de la riojana en la promoción del feminismo, siguiendo a Emilia Pardo Bazán, y en colaboración con toda la plana mayor del feminismo burgués y obrero español con las Victoria Kent, Zenobia Camprubí, y la mismísima Dolores Ibárruri, y desde las filas del PSOE y en puestos relevantes a nivel europeo y mundial, que dieron con ella en el destierro americano al final de la Guerra de 1936-39.

Y vamos con la lista: Juan Ramón Jiménez 1881-1958; Vicente Aleixandre, 1898-1958; la chilena Gabriela Mistral, 1889-1945; el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, 1899-1974; el chileno Pablo Neruda, 1904-1973; Camilo José Cela, 1916-2002; el mexicano Octavio Paz, 1914-1998; el colombiano Gabriel García Márquez,1927-2014; el portugués con su poquito de canario José Saramago, 1914-1998; el peruano Mario Vargas Llosa, y antes de la Generación del 27 los autores de teatro José Echegaray y Jacinto Benavente.

Más atrás de todos ellos, en la prehistoria de los Nobel, consignaremos a los autores teatrales de la Corte y Villa madrileña José Echegaray, 1832-1916, y Jacinto Benavente. 1866-1954. Y, lamentablemente, los excelentes novelistas como Pérez Galdós y Juan Valera.

Está también por delante la Generación de 1898, la de la pérdida de Cuba y Filipinas, que llegó tarde a los sorteos de la Academia Sueca: los Unamuno, Baroja, modernistas de primera hora y posrománticos de última hora, que llegaron también tarde a las modas de, todos a la sombra del maestro del posmodernismo, Vicente Aleixandre, del surrealismo, del Góngora resucitado, y seguido de ellos, de la Era de Plata, vendrán los poetas sociales jugando a clandestinos con el franquismo.

Pero volvamos a la élite de la Edad de Plata, a su literatura cargada de denuncia y de futuro, a sus equilibrios, difíciles y arriesgados equilibrios entre el anarquismo proudhoniano y el comunismo marxista-leninista, a sus dolores de parto de la Segunda República española, del Chile de Salvador Allende, de la Guatemala de Jacobo Árbenz y la Nicaragua de Sandino, del México de Zapata, del Brasil de Lula da Silva. De ese empeño en dar a luz esa América del Sur que pujaría en un plano de igualdad con el coloso de Norteamérica. A esa presencia con la pluma y el fusil en la Guerra incivil española junto con toda la intelectualidad y todas las plumas de izquierdas de Europa y América.

Pero vamos con nuestros Nobeles de nuestra Edad de Plata:

Gabriela Mistral (1889). Una visión cien por cien social y defensora de los pobres y desvalidos como clase social, de la enseñanza primaria obligatoria; una proyección internacional de sus labores a toda la América Sur y Norte, a Europa, a la Sociedad de Naciones. descubrirse ella sola poeta de vocación, vocación primaria, desde 1910, culminar sus esencias poéticas con Sonetos de la Muerte, Desolación… Tener entre sus alumnos y despertar vocaciones de poeta en Neruda, el otro Nobel chileno. Acompasar su vocación poética con su alma de maestra de niños. Llevar paciente y elegantemente las críticas de sus compañeros y compañeras de profesión celosas de su valía y resultados de su trabajo…

Juan Ramón Jiménez (1881). Poeta de la precisión, la reflexión filosófica, la búsqueda de Dios, su Dios «deseado y deseante», vagabundo por las Américas del Norte y la del Río de la Plata con Puerto Rico como epicentro en clave panteísta y de San Juan de la Cruz. Republicano hasta la médula, huido de España a la sombra de Manuel Azaña.

Miguel Ángel Asturias (1899). El indio maya educado por campesinos y campesinas (¡ah, esa cordial novela titulada Mulata de tal, y esa otra obra cumbre de El señor presidente!) mayas, indigenista en su lenguaje, su poesía, su política t su filosofía, soporte del presidente Arbenz y caído con él como Neruda con Allende, al que se le despojó de su nacionalidad guatemalteca para luego recuperarla en 1966.

Vicente Aleixandre (1898). Hecho poeta a los Fray Luis de León y Góngora, a los pechos de Rubén Darío, Machado, Juan Ramón, Cernuda, Alberti, García Lorca, y más tarde desde el mismo corazón del franquismo, maestro y padre y madre de la poesía social dando clases particulares a los Gil de Biedma, Brines, Bousoño, Hierro, Villena, Vicente Aleixandre, reprochando a Fraga la dureza de la represión sobre los mineros asturianos con motivo de la huelga de 1962, y desautorizado por el ministro de información que negó los hechos evidentes de toda evidencia…

Pablo Neruda (1904). Poeta comunista rescatando a 2000 prófugos de la España franquista y haciéndoles un sitio en las Américas, uña y carne con García Lorca en la vida y en la muerte, con su España en el corazón su Canto General, su Crepusculario, sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada

Y cerraré la lista con tres quizá opuestos o contradictorios, con el Gabo García Márquez (1927), con sus Cien años de soledad, su El coronel no tiene quien le escriba, su amistad «en el plano intelectual» con Fidel Castro, en un principio prohibido en persona y en sus libros en USA, pero luego invitado por Bill Clinton, que tenía Cien años de Soledad como libro de cabecera. Gabriel García Márquez, quizá el Nobel más abierto y sintetizador de todas las tendencias de la literatura y la política sudamericana y centroamericana.

O el mejicano Octavio Paz (1914), educado en el zapatismo y anarquismo, más tarde bajo la tutela de Alberti y Louis Aragón, más tarde crítico el acelerado in crescendo del estalinismo, hasta evolucionar hacia un liberalismo cada vez más exigente.

O el peruano Mario Vargas Llosa (1936), el de La ciudad y los perros, Conversaciones en la Catedral, quizá el más europeo y mundial de todos, que escribió sobre su América y su Perú vistos desde fuera, más técnico que fantasioso en sus maneras de escribir y novelar.

Pasamos de Camilo José Cela (1916), con su Viaje a la Alcarria, y sus equilibrios en torno a la Transición española de los años 1970, senador por designación real, intentando salvar los muebles del régimen dictatorial que se podían salvar y encajar en la España de nueva factura, pero ajeno radicalmente a toda la poesía y literatura social que coexistió a su alrededor.

Y con estos muebles, con estos talentos que braceaban en esa misma Transición, y daban a luz la literatura que hoy disfrutamos, o sufrimos, no sé, vale la pena intentar de nuevo una nueva generación de Nobeles que hagan la síntesis acertada entre economía de mercado y socialismo, entre superación de la lucha de clases y de las mismas clases hasta hoy enfrentadas entre sí, integrar a la mujer en la búsqueda de soluciones, lanzar a esta geografía hispanohablante a un intento de alcanzar un primer puesto en el concierto de las naciones, o por lo menos al lado de los grandes bloques de la China, la Unión Europea, Rusia…

Porque cabe hoy, es más necesaria que nunca, ora Gabriela Mistral, una nueva versión de nuestra Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú (1959), porque ya es hora de otorgar a la mujer en los Premios Nobel el lugar que le pertenece.

Y de superar el insultante y odioso silencio del Premio Nobel en torno a la mujer que alcanza un abismo insondable. Nada de Gioconda Belli, nada de Alfonsina Storni, de Violeta Parra, de Ernestina de Champourcín

No se trata solo de individualidades, se trata de la misma historia de las Américas, me refiero a las hispanohablantes. Nada de Isabel Allende, nada…

Porque hubo una larga lucha, y todavía la hay, de las Madres de la Plaza de Mayo, frente a los Videla. Y una lucha de las mujeres que, saliéndose de las sambas y los Carnavales de Río, asomaban a las manifestaciones de protesta, hijas de aquellas legendarias Amazonas de la prehistoria o de la metahistoria.

Y una María Zambrano extremeña, hermana de los Santos Inocentes de aquella película tan famosa.

Y parece como que seguimos anclados al machismo vergonzante de ese gran poeta vasco-bilbaíno de la poesía social, Blas de Otero, que solo ve a la mujer con un mirlo debajo de su pecho, descanso del guerrero, rosa y florero, coja la pata y atada a la cocina.

En fin, sigamos.

Me he olvidado de nombrar de pasada a tantos políticos que intentaron poner en práctica los sueños y propuestas de los Nobel sudamericanos y centroamericanos. De Joao Goulart en Brasil, de los tupamaros uruguayos, de los indios chilenos herederos de aquellos araucanos que retrató Alonso de Ercilla con los rasgos de los troyanos de la Ilíada, que eran arrojados desde los aviones al mar en las bocanas del Río de la Plata por soldaditos de Videla están en condiciones de sacar adelante y concretar tantos sueños y tantas propuestas, de los indios de los Andes peruanos, de los guerrilleros colombianos que se fueron al monte con Camilo Torres.

Qué queda de todo aquello, que nuevos futuros premios Nobel de la Pampa o las tribus mayas de centroamérica, de los indígenas de la Amazonía, esos que se han rebelado contra Lenín Moreno y lo han encerrado en Quito.

Seguimos esperando aquella literatura en la que sueño y realidad se hacen una sola cosa, purísima verdad, aquella en la que Bolívar suplanta y elimina del sur y encierra en el Norte de Norteamérica al Trump de turno, en que el sagrado nombre de América recobra su significado de origen y toca en sus dos extremos, distinguiendo la parte del todo, los hielos del polo norte y las bandadas de pingüinos del continente Sur del planeta.

Se acabaron los Nobel Echegaray y Benavente para señoritos madrileños, se acabaron los Camilo José Cela maniobrando para mantener vivo el cadáver del Valle de los Caídos para que siga ganando guerras inciviles como hacía Mío Cid frente a los infieles por las huertas valencianas.

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