
«Desde el punto de vista fisiológico, todos los animales terrestres y marítimos, incluso el hombre, no son sino un pequeño puñado de parásitos que viven a costa del reino vegetal»
Eugene J. Rabinowitch
Este artículo va especialmente dedicado a todos los que se esconden tras conceptos y teorías pretendidamente científicos y confunden a los ciudadanos.
A mediados del siglo pasado, la revista “Scientific American” reunía en el libro “The Physics and Chemistry of Life”, un conjunto de artículos dedicados a ese gran misterio de la vida en el planeta Tierra, ahora rebautizada como “planeta verde” por la Sra. Von der Layen presidenta actual de la Comisión Europea, con la ingenua pretensión de que las palabras son capaces de cambiar la realidad científica del Cosmos y la Naturaleza (por mucha trama económica y financiera que exista en la sombra), con la complicidad más o menos interesada de las instituciones públicas.
El enemigo a batir desde la pretenciosa propaganda política es el CO2 en la atmósfera, más conocido como anhídrido carbónico, culpable -según ellos- de la gran amenaza de destrucción inmediata del planeta. Para ello -como en otros casos en que lo importante es la propaganda- se ha acuñado otro término tan fútil como los demás: “descarbonización”. Es decir, la eliminación del CO2 existente en la atmósfera desde el comienzo de la vida del planeta (+/- 4.500 millones de años) y su enfriamiento posterior, para convertirse en ese “planeta azul” con dominio de las aguas oceánicas, en el que han discurrido las sucesivas etapas geológicas con sus correspondientes y sucesivos “cambios climáticos” a los que me referiré con más detalle en otro artículo.
Hoy toca hablar del disparate acientífico y contradictorio de unir conceptos como “planeta verde” (dominado por la vegetación) con “descarbonización” (es decir, eliminar el principal ingrediente de la vida de las plantas y del resto de los seres vivos, gracias al cual la vida se desarrolló y evolucionó en el planeta). Eso da lugar a meteduras de pata de quienes no se han preocupado de conocer el nivel de sus asesores y expertos inmediatos, que crean otro “slogan” propio de la propaganda publicitaria como “el cambio climático mata”, menospreciando la más elemental inteligencia de la soberanía nacional: de los ciudadanos en base al poder delegado recibido de los mismos y del resultado de la compra de votos y apoyos a costa de los presupuestos públicos.
“En el gran círculo de la interdependencia de la vida, todas las criaturas dependen en último extremo de las plantas que, por fotosíntesis, aprovechando la luz del sol, transforman el aire y el agua en las moléculas elementales de los hidratos de carbono, al igual que una multitud de oscuras bacterias poseen la capacidad de incorporar el nitrógeno (otro amenazado) atmosférico a ciertos compuestos orgánicos, estableciendo la base para la síntesis de las proteínas”.
dice el autor de “Fotosíntesis” Eugene I. Tabinowich, añadiendo:
“Sin las plantas no podemos concebir la existencia de vida en la Tierra, ni en ningún otro sitio. Sólo las plantas verdes son capaces de producir las materias primas de la vida -proteínas, azúcares, grasas- a partir de materias orgánicas estables sin más ayuda que la abundante luz que proviene del Sol (otro apestado por la desinformación mediática, sobre todo este año). Es lo que se llama fotosíntesis. Cada año las plantas de la Tierra combinan aproximadamente 150.000 millones de toneladas de carbono (procedentes del CO2) con 25.000 millones de toneladas de hidrógeno y liberan 400.000 millones de toneladas de oxígeno. (que nos permiten respirar y vivir a pesar de las mascarillas impuestas, añadimos nosotros). Un 90% de esta fantástica producción la realizan las algas microscópicas bajo la superficie de los océanos y sólo el 10% de la fotosíntesis es realizada en tierra por las plantas” (y por el CO2 producido por los humanos en una pequeñísima proporción, añadimos por nuestra parte al texto de Rabinowitch).
El contraste de estos datos desde la Ciencia con las “informaciones” al servicio del poder del mundo mediático es tan obsceno, que causa sonrojo. Sobre todo porque supone el concepto que tiene ese poder del resto de los ciudadanos: unos ignorantes, cobardes y estúpidos a los que es posible manipular según conveniencia. Lo más sorprendente es el silencio cómplice de la comunidad académica y científica, salvo que ésta tenga sus “razones” para ello.
“La fotosíntesis en las plantas es el proceso por el que la materia se eleva de la simplicidad e inercia del mundo inorgánico a la complejidad y actividad que son la esencia de la vida” (Rabinowitch). Ya en el año 1772 Joseph Priestley decía: “He tenido la suerte de restaurar la pureza del aire alterado por la combustión de una vela”. En el año 1789 el médico austriaco Jan Ingen-Housz observó “la facultad de las plantas de depurar el aire viciado en función de la claridad del día; el carbono es la base de la nutrición de las plantas”. Por su parte el pastor protestante de Ginebra Jean Senebier en 1782 descubrió lo que llamó “aire fijado” (CO2). En el lenguaje químico de Antoine Lavoisier todo ello indicaba que “las plantas verdes, al ser expuestas a la luz, absorbían CO2 y liberaban oxígeno”. El alemán Julius von Mayer descubridor del principio de la conservación de la energía, hizo resaltar la función física fundamental de la fotosíntesis: la conversión de energía luminosa en energía química: “el mundo vegetal forma un depósito en el que los volátiles rayos solares son fijados y conservados para su empleo ulterior”.
Más tarde las reacciones fotoquímicas han seguido abundando en el mayor conocimiento de estos procesos, confirmando todo lo anterior en diferentes formas, por distintos autores (desde Blackman en 1905 hasta la actualidad) con nuevas tecnologías y procedimientos modernos, sin que el principio básico de la dependencia de la vida del CO2 absorbido por las plantas para la producción de oxígeno haya sufrido alteración alguna, salvo en las contradicciones de las declaraciones e imposiciones de una clase política que parece no haber pasado el Bachillerato.
FOTO: NASA/Goddard Space Flight Center and ORBIMAGE. La imagen muestra la concentración de clorofila y vegetación en la biosfera.